Un santo de rodillas ve más lejos que un filósofo de puntillas. (Corrie ten Boom)

jueves, 4 de enero de 2018

Tú Eres Mi Hijo Amado

Con la fiesta del bautismo de Jesús terminamos litúrgicamente el ciclo navideño. Me parece que no le damos todo el valor que se merece esta fiesta porque ya hemos celebrado bastante, a veces con mucho ruido. Así que estamos contentos de poder volver por fin a la vida y rutina diaria. Pero el misterio del bautismo de Jesús es de suma importancia. Ustedes ya conocen lo sucedido por toda la Judea, empezando por Galilea, a partir del bautismo que predicaba Juan (Hechos 10,37). Así dice Pedro en casa de Cornelio. El relato de la Buena Noticia comienza con el bautismo de Jesús. En aquel tiempo vino Jesús desde Nazaret de Galilea y se hizo bautizar por Juan en el Jordán. En cuanto salió del agua, vio el cielo abierto y al Espíritu bajando sobre él como una paloma. Se escuchó una voz del cielo que dijo: Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto (Marcos 1,9-11). Lo que le importa a Jesús ahora ya no es, en primer término, la ley sino su relación de amor con el Padre.
Este Jesús es el cumplimiento de la ley y los profetas. Dios lo confirma como tal delante de sus discípulos en la transfiguración: Entonces vino una nube que les hizo sombra, y salió de ella una voz: Éste es mi Hijo amado. Escúchenlo (Marcos 9,7). Escuchar a este Jesús implica un cambio de nuestra manera de pensar, de nuestra mentalidad, una conversión. Lo que cuenta ahora ya no son estructuras, tradiciones y leyes, sino única y exclusivamente la relación personal de confianza inquebrantable en el Padre, fundada en el amor que Él nos tiene. Ahora ya no se utiliza ni instrumentaliza al hombre, sino que el sábado es para el hombre, no al revés. Este amor no excluye a nadie, hace posible la unidad, pasando las fronteras de las culturas; hace posible el perdón; hace posible una paz duradera.
Este Jesús no era "políticamente correcto", se le percibía como una amenaza contra lo acostumbrado que daba seguridad a la gente. Al final decidieron eliminarlo. El proceso contra él fue una farsa; a cómo dé lugar, se buscó un pretexto para condenarlo. En estos momentos decisivos vuelve a aparecer la cuestión de la identidad de Jesús. Pero esta vez no fue el Padre que lo amaba, sino el hombre que lo veía como un estorbo y lo quería quitar de en medio: De nuevo le preguntó el sumo sacerdote: ¿Eres tú el Mesías, el Hijo del Bendito? Jesús respondió: Yo soy. Verán al Hijo del Hombre sentado a la derecha del Todopoderoso y llegando entre las nubes del cielo. El sumo sacerdote, rasgándose sus vestiduras, dijo: ¿Qué falta nos hacen los testigos? Ustedes mismos han oído la blasfemia. ¿Qué les parece? Todos sentenciaron que era reo de muerte (Marcos 14,61-64). ¿Alguien ha dudado alguna vez de la identidad de Uds., a pesar de tener todos los documentos que la prueban, en regla? Debe ser una sensación horrible. Y aquí se trata de la identidad más íntima de Jesús, de su esencia. Los que se creen poderosos no la aceptan porque no cabe en sus esquemas mentales y expectativas. Jesús es tratado como un nadie. Y a los nadie sólo les espera la cruz.
Pero, ¿si Jesús sólo se inventó lo del amor de Dios? ¿Si fue un impostor, un psicópata, un loco? El Sanedrín, al menos, no le dio crédito. La prueba de que Jesús dice la verdad es la manera cómo asumió su muerte. Porque uno que vive una mentira, cuando se ve en apuros, recurre a la violencia para defenderla. O se desmorona. En todo caso, no se percibe ninguna dignidad en su muerte. Pero Jesús, a pesar de la muerte tan terrible que le venía encima, en todo momento mantuvo la serenidad y su dignidad. Se negó a recurrir a la violencia. No quería huir para esconderse, sino que salió al encuentro de los que venían a detenerlo; sanó a uno de los soldados; se preocupó por las mujeres de Jerusalén; perdonó a los que acababan de crucificarlo, y al ladrón que moría con él. Un loco y un impostor no hacen esto. Pero Jesús seguía poniendo su confianza en el Padre que lo amaba, incluso más allá de la muerte.
¿De dónde sacó Jesús esta fuerza? Es que la voz que le había dicho tú eres mi hijo amado, mi predilecto, no fue solamente una noticia como otras tantas noticias, sino una experiencia profunda que marcó a Jesús por el resto de su vida. Se experimenta como el amado, el predilecto, o sea, amado tan intensamente como si fuera el único. Este amor y esta predilección indican una relación muy íntima, como entre padres e hijos. Es una relación de confianza absoluta. El punto de referencia ya no es una cultura, una sociedad, una ideología o una ley, ni siquiera unas formas de religión, sino una relación personal íntima que inspira confianza. El aceptar este amor tiene consecuencias transcendentales en su vida y en sus relaciones. Jesús vive esta confianza hasta las últimas consecuencias.
Estemos claros: nosotros recibimos el sustento y la protección de nuestras necesidades básicas a través de los que nos rodean, la familia, la sociedad, la cultura. Igualmente nos experimentamos aceptados por ellos. Y dentro de esta red social recibimos alguna cuota de poder. En cambio, si no cumplimos con las expectativas de nuestra cultura, sociedad o religión, sufrimos represalias más o menos severas. Nos quitan el sustento; nos aplican la ley del hielo (mobbing); nos dejan indefensos; nos llaman apátridas. Pero Jesús es libre de todas estas preocupaciones. No teman al que sólo puede matar el cuerpo (Mateo 10,28).
Es ésta la fuerza que mueve a Jesús, y que él nos transmite al bautizarnos con Espíritu Santo y fuego (Lucas 3,16).

domingo, 24 de diciembre de 2017

La Palabra se hizo Carne


A veces la gente dice que en Navidad celebramos el cumple-años del Niño Jesús. Lo harán con buenas intencio-nes, pero esta expresión falsifica peligrosamente el sentido de esta fiesta. Porque si celebramos solamente el cumpleaños de Jesús, nos fijamos en un asunto del pasado que no nos afecta mucho, porque solamente nos causa una alegría momentánea.
Lo que celebramos realmente en Navidad es algo mucho más profundo e importante: celebramos litúrgicamente un hecho que afecta toda nuestra vida personal, nuestra existencia.
Navidad es algo que ocurre hoy, en mí.
Ya lo dijo el místico Angelus Silesius (1624 - 1677) en una ocasión, aunque Cristo haya nacido mil veces en Belén, si no nace en tu corazón, habrá nacido en vano.
Y, unos siglos antes, san Bernardo de Claraval (1090 - 1153) escribe en un sermón en el Adviento del Señor, que sabemos de una triple venida del Señor. Además de la primera y de la última, hay una venida intermedia... Aquéllas son visibles, pero ésta no... La intermedia... es oculta, y en ella sólo los elegidos ven al Señor en lo más íntimo de sí mismos, y así sus almas se salvan...
Y para que nadie piense que es pura invención lo que estamos diciendo de esta venida intermedia, oídle a él mismo: El que me ama -nos dice- guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él. Más claro todavía expresa esto mismo el libro del apocalipsis: Mira que estoy a la puerta llamando. Si uno escucha mi llamada y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo (Apocalipsis 3,20). En ambos textos se habla de intimidad con Dios, de la inhabitación de Él en nosotros.
¿De qué sirve entonces hacer pesebres, si no dejamos entrar a Jesús en nuestro corazón?
Fijémonos en este aspecto: ¿Cómo podemos dejarlo entrar en nuestro corazón? Vamos por partes: Muchas veces creemos saber cómo es Dios. Pero San Juan es tajante: La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros... Nadie ha visto jamás a Dios; el Hijo único, Dios, que estaba al lado del Padre, él nos lo dio a conocer (Juan 1,14.18). Tenemos que deshacernos de nuestros conceptos filosóficos de Dios. La única manera de hablar de Él es dando testimonio de nuestra experiencia. Sólo si miramos a este hombre, Jesús, podemos ver quién es Dios y cómo actúa. Él es reflejo de su gloria, la imagen misma de lo que Dios es (Hebreos 1,3).
El evangelio nos cuenta muchos detalles sobre la vida y actividad de Jesús: sus palabras, sus portentos y sanaciones; incluso resucitó muertos. En medio de esta multitud de información nos olvidamos a veces de lo esencial, de lo que le movió a hablar y actuar como lo hacía. Pero el nuevo testamento nos da pistas para encontrar este punto. En la anunciación a José en el evangelio de Mateo, el ángel le dice: María dará a luz un hijo, a quien llamarás Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados (Mateo 1,21). También en el evangelio de Juan, el Bautista presenta a Jesús como el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo (Juan 1,29). Éste es el centro de todo el evangelio: volver a relacionar al hombre con Dios, dejándole toda la libertad para aceptar esta invitación o no. Si miramos alrededor, y quizá dentro de nosotros mismos, constatamos que podemos resolver muchos problemas. Pero no podemos con el pecado; no sabemos a dónde ir. También los sicólogos se dan cuenta de eso. Lo que necesita la gente muchas veces va más allá de consultas sicológicas: es el perdón que los acepte como son, con todo su pasado, que los reintegre de lleno con Dios, consigo mismos, y con los demás. Porque el pecado es una separación de nuestra esencia, algo que nos lleva a escondernos porque no aguantamos la soledad absoluta. Y nos lleva también a lavarnos las manos echando la culpa a los demás. De esto nos vino a salvar Jesús. Así como los hijos de una familia tienen una misma carne y sangre, también Jesús participó de esa condición, para anular con su muerte al que controlaba la muerte, es decir, al diablo, y para liberar a los que, por miedo a la muerte, pasan la vida como esclavos (Hebreos 2,14-15). Y yo creo que no habla sólo de la muerte física, sino de la MUERTE, la aniquilación, del sentirse una nada, del sentirse inaceptable.
Por eso el perdón es parte del amor de Dios. No se trata de una fría declaración judicial absolutoria, sino de saberse amado, aceptado, reintegrado - como lo vemos en la parábola del hijo pródigo. Para eso, Jesús se hizo uno de nosotros, nos quitó el miedo, rebajándose al nivel más bajo, para inspirarnos desde allí confianza y, de esta manera, manifestarnos el amor y el perdón de Dios.
Éste fue el testimonio de los primeros cristianos: ¡Miren cómo se aman! decía la gente de ellos. Somos templo del Espíritu Santo, lugar de la presencia de Dios, y de su acción, que es su amor y su perdón.
La práctica fiel de la oración centrante es una práctica de dejarse transformar progresivamente en la presencia de Dios. Esto no tiene nada que ver con la Nueva Era que nos dice que, con suficiente esfuerzo, llegaremos a ser Dios. Al contrario, es precisamente vaciándonos, que nos preparamos para que Dios nos llene con su presencia y sus dones.

domingo, 10 de diciembre de 2017

Venga a Nosotros tu Reino


Iglesia Abacial de Sta. Otilia
Corona de Adviento
En la liturgia celebramos todo un ciclo navideño que dura varias semanas. Desde hace unos años para acá, el ambiente que nos rodea se ha dado a hablar de "fiestas decembrinas", o "fiestas de fin de año". De esta manera se evita que se recuerde la razón de ser de estas fiestas: la navidad, el nacimiento de nuestro Señor Jesucristo, la manifestación de Dios hecho hombre en este mundo y en nuestras vidas. La temporada del adviento ya no tiene cabida en esta visión. Las semanas antes de navidad se convierten en un tiempo estresante para hacer las compras que se consideren necesarias.
Pero si hacemos las cosas como nos enseña nuestra fe, damos a cada aspecto su propia importancia. Comenzamos con el adviento, pasamos por el nacimiento y la manifestación del Señor, y terminamos con el bautismo de Jesús. En adviento celebramos nuestra esperanza de que Dios llegará a visitarnos. Esta llegada es muy diferente de lo que nos imaginamos: Dios no llegó con bombos y platillos, como rey o vengador, sino que se hizo hombre. Como rezamos en la plegaria eucarística 4, compartió en todo nuestra condición humana, menos en el pecado.
San Bernardo de Claraval nos habla de las tres venidas de Jesús: la primera, en su nacimiento en Belén, la segunda, en nuestro corazón, y la tercera cuando vuelva con poder y gloria. Lamentablemente, en nuestra consciencia no se le ha dado mucha importancia a esta segunda venida, a este nacimiento de Dios en nuestro corazón. Sin embargo, éste es de suma importancia. Cuando rezamos cada día, incluso varias veces, que venga a nosotros tu Reino, no es para quedarnos sentados tranquilos y de brazos cruzados, esperando que Dios venga, que elimine a los malos, y a nosotros que nos creemos buenos, nos dé el premio en su Reino. Más bien se nos pide que le entreguemos a Dios el gobierno sobre nuestra vida, para que sea Él quien reine, para que se haga SU voluntad, no ya la nuestra. Porque, como dice el Señor, el reino está dentro de Uds. Y esto exige nuestra cooperación activa. De esta manera apresuramos la venida del día de Dios (2Pedro 3.12). También el evangelista Marcos nos pide, que preparen el camino al Señor, enderecen sus senderos (Marcos 1,3). Se puede pensar que, cuantas más personas hacen este "cambio de gobierno" en su corazón, tanto más pronto se establece el Reino de Dios. Y la venida de Jesús en poder y gloria no tiene por qué inspirarnos miedo sino que, como dice el evangelio, nos invita a ser vigilantes y estar alerta.
La liturgia de estas semanas nos presenta dos figuras importantes que pueden guiarnos en esta esperanza activa del Señor. El primero es Juan el Bautista. Él dice de sí mismo, yo no soy el mesías (Juan 1,20). Juan era muy conocido y apreciado. Pero dejaba bien claro que no era él quien iba a salvar a Israel. Nosotros, muchas veces, esperamos que alguien nos arregle los problemas y nos saque de apuros. O, en el peor de los casos, nosotros mismos nos creemos el centro de atención y el encargado de salvar a todo el mundo. Juan apunta a otro, a Jesús. El adviento nos invita a ser humildes y a reconocer que la salvación no depende de nosotros, sino que ya estamos redimidos. Sólo estamos encargados de anunciarlo. En otra ocasión, Juan deja esto más claro todavía: Buscaron a Juan y le dijeron: Maestro, el que estaba contigo en la otra orilla del Jordán, del que diste testimonio, está bautizando, y todo el mundo acude a él ("¡Se te va la clientela!"). Respondió Juan: No puede un hombre recibir nada si no se lo concede del cielo. Ustedes son testigos de que dije: Yo no soy el Mesías, sino que me han enviado por delante de él. Quien se lleva a la novia es el novio. El amigo del novio que está escuchando se alegra de oír la voz del novio. Por eso mi gozo es perfecto. Él debe crecer y yo disminuir (Juan 3,26-30). Cada uno de nosotros está llamado a facilitar el acceso a Dios a la gente que nos pide orientación. No es correcto crear apegos entre ellos y nosotros.
La otra persona que nos ayuda a celebrar bien el adviento es María, la madre de Jesús. Ella consintió a la acción de Dios en su vida. Se vació tanto de sí misma que Dios pudo llenarla, incluso físicamente, de la presencia de su Hijo. En el himno del Magníficat (Lucas 1,46-55), María reconoce que todos la felicitarán. Pero también, que es Dios quien ha hecho obras grandes en ella. Se mencionan expresamente nuestros tres centros de energía que, por la falta de confianza en Dios, se han convertido en nosotros en centros de necesidades exageradas: el centro de afecto y estima, el de poder y control, y el de seguridad y supervivencia. Despliega la fuerza de su brazo, dispersa a los soberbios en sus planes, derriba del trono a los poderosos y eleva a los humildes, colma de bienes a los hambrientos y despide vacíos a los ricos (Lucas 1,51-53). Al volver a aceptar la voluntad de Dios en nuestra vida, encontramos nuestros recursos necesarios, nos sabemos amados infinitamente, y podemos confiar en que Dios está en control y que lleva todo a un final bueno.
En la oración centrante practicamos precisamente esto: consentimos a la presencia y acción de Dios en nosotros. Ella nos da el sosiego necesario para pasar este adviento en alegre esperanza.

domingo, 12 de noviembre de 2017

¡Buen Camino!


En septiembre tuve la ocasión de visitar unos pocos días a nuestra pequeña comunidad de San Salvador del Monte Irago, en Rabanal del Camino, España. Es uno de los tantos sitios donde los peregrinos pasan la noche. De allí faltan 230 kilómetros para llegar a Santiago de Compostela, una distancia demasiado larga para mí. Pero, un día me puse a caminar un poco en esta dirección, en una carretera muy solitaria. Poco antes de devolverme, me pasó una peregrina en bicicleta. Le di los buenos días. Y ella, al pasarme, contestó diciendo "Buen Camino". No conocía este saludo; pero en seguida me di cuenta - y más tarde pude comprobarlo - que ésta era la manera en que se saludaban los peregrinos. ¡Un saludo muy bello!
Es verdad: siempre estamos en camino. Y si somos honestos, nuestro camino es solitario. Aunque estemos rodeados de gente que nos acompaña, no nos conviene ir con la manada. La meta, al final, es la misma, pero cada uno tiene su propio camino, con sus altibajos, sus obstáculos, sus "vientos en popa". Algunos caminamos juntos un trayecto largo, otras veces es apenas un encuentro fugaz. Pero siempre es suficiente para ver al otro como compañero de camino. Y lo mínimo que podemos hacer es: transmitirle nuestros buenos deseos. Y dejar entrever que en la meta nos volveremos a encontrar. Lo importante es que cada uno ande su propio camino. Así, y sólo así, crecemos y llegamos a la meta.
A propósito del camino quisiera compartir con Uds. una reflexión, que ya he publicado en instagram y facebook. Aquí la facilito ligeramente editada, pero con el mismo contenido. Sólo he cambiado un poco la secuencia de las líneas.


TODA NUESTRA VIDA ES UN CAMINO:
de la oscuridad hacia la luz,
de las preguntas hacia las respuestas,
de la duda hacia la seguridad,
de la ignorancia hacia el saber,
de la necedad hacia la sabiduría,
del egoísmo hacia el servicio,
de la soledad hacia la comunión,
de la indiferencia hacia el amor,
del pecado hacia el perdón,
del miedo hacia la confianza,
del sinsentido hacia la sentido,
de los placeres hacia la alegría,
de lo efímero hacia lo definitivo,
del vacío hacia la plenitud,
de la lucha hacia la paz,
de la muerte hacia la vida,
DE LO CREADO HACIA DIOS.


miércoles, 1 de noviembre de 2017

¿Ser Santo?


A veces encontramos gente que quiere ser santa. Pero la mayoría de nosotros se asusta más bien ante esta idea. Las causas pueden ser varias. En unos casos, muy pocos, el querer ser santo puede tener como causa la vanagloria, un poco como los discípulos Juan y Santiago que querían sentarse al lado de Jesús en su Reino. Nos imaginamos que un día seremos canonizados. La respuesta de Jesús debe haberles caído como un balde de agua fría. Después de haber afirmado que eran capaces de beber el cáliz, escucharon la promesa de Jesús: mi cáliz lo beberán. Pero los puestos a mi lado... de éstos se encarga mi Padre. Y cuando llegó el cáliz para Jesús, los dos - junto con los otros - se esfumaron. Fue el buen ladrón, crucificado con el Señor, quien alcanzó la gloria por este camino del cáliz.
La otra causa porque pensamos que la santidad no sea para nosotros es que creemos que los santos son una gente muy especial, muy perfectos. Pero nosotros, conscientes de nuestras debilidades e infidelidades, no nos vemos capaces de llegar a algo ni que lejanamente podría llamarse santidad. Ambas posturas son erróneas. Porque ambas pretenden que la santidad es el resultado de nuestros propios esfuerzos, unos por exceso de confianza en sí mismos, y los otros por falta de confianza.
Una respuesta nos da María, la Madre de Jesús, en el canto del Magníficat: "Desde ahora me felicitarán todas las generaciones". Ella reconoce su grandeza, pero la pone en perspectiva: "Porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí". Y en lo sucesivo lo desarrolla en detalle. No es que nosotros seamos grandes y fuertes; es el Señor quien hace sus maravillas en nosotros. Y el requisito para esto es nuestra humildad, nuestra convicción de que no podemos lograr nada por nosotros mismos.
Con esta perspectiva - que no es únicamente mariana, sino cristiana - entendemos que TODOS estamos llamados a la santidad. Porque todos estamos llamados a ser una manifestación de Dios, de SU santidad, de SU fuerza, de SU amor. No se trata entonces de emprender grandes cosas, sino de hacer caso a la invitación de Jesús: "Conviértanse y crean en la Buena Noticia". "Conviértanse", literalmente "cambien su manera de pensar". No tenemos por qué pensar en grandes esfuerzos. Mejor tomemos en serio la Buena Noticia. ¿Cuál es? Es la gran noticia de que Dios nos ama, nos ama de manera ilimitada, permanente, sin retractarse, por encima de nuestras debilidades e infidelidades. "Si somos infieles, Él sigue siendo fiel" dice el apóstol. Cuando aceptamos que somos amados por Dios sin reservas, entonces sentiremos una fuerza interior que se traduce en una sana autoestima, en la fortaleza de resistir lo "políticamente correcto". Como dice San Pablo, "Si Dios está con nosotros, ¿quién puede estar contra nosotros?" Dios nos ama; otro asunto es si nos dejamos amar, o si seguimos buscando un amor sustituto y pasajero en las cosas y personas creadas.
En la oración centrante practicamos precisamente esto: consentimos a la presencia de Dios en nosotros, de un Dios que nos ama y acepta tales como somos. La aceptación de este amor nos capacita para consentir también a la acción de Dios en nosotros. Y no se trata de cumplir mandamientos - eso sería legalista. Ahora tenemos los oídos de nuestro corazón afinados para escuchar la voluntad de Dios en la situación concreta y los detalles de nuestra vida. Por eso los Santos son también signos proféticos de Dios en su época respectiva. Dios nos habla y actúa a través de ellos.
Este camino está al alcance de todos nosotros.

martes, 31 de octubre de 2017

500 años de Reforma, una Visión Diferente


Estamos conmemorando los 500 años de la reforma de Martín Lutero. Algunos dicen que no quieren conmemorar nada porque esta reforma no trajo nada bueno, sólo división, y hasta guerras. Otros reconocen la importancia de este hombre, y el impacto que dejó en la cristiandad y en la vida cultural.
Mientras nos fijamos en lo que nos sigue separando, la influencia de Lutero seguirá siendo considerada negativa. Pero yo prefiero seguir las palabras del Santo Papa Juan XXIII: "Los que creemos en Cristo no podemos vivir divididos. Pensemos sólo en lo que nos une, y no en lo que nos separa". Esto mismo nos permitirá ver lo positivo que Dios nos ha dado a través de Lutero. Y es más de lo que pensamos. El Espíritu de Dios sopla donde quiere.
Por la manera en que se enseñaba la fe en la época de Lutero, la gente le tenía más miedo a Dios que amor y confianza. A causa de su propia experiencia personal, lo que buscaba Lutero era un Dios misericordioso. Adentrándose en la Palabra de Dios encontró la respuesta. A partir de ésta podía decir que no nos salvamos por las obras sino por la fe, la confianza en el Dios que nos ama.
Hoy en día es precisamente el Papa Francisco quien pone muchísimo énfasis en este aspecto, el Dios misericordioso. Y el Cardenal Walter Kasper escribió un libro - no sé si está traducido al castellano - con el título de "Misericordia. El Concepto Fundamental del Evangelio - la Clave de la Vida Cristiana". En el preámbulo dice que habrá que rediseñar toda la enseñanza de la teología desde este enfoque. Porque es verdad, nuestra teología ha sido muy cerebral; no se ha desarrollado desde una experiencia de Dios. Si bien es necesario tener claros los conceptos, si éstos son lo único que nos preocupa nos quedamos con las enseñanzas, y nos vemos obligados a "defender la fe" - o lo que llamamos fe -, como si fuera una ideología. La consecuencia es que nos fijamos en lo que nos separa. Pero si VIVIMOS la fe desde la confianza en un Dios misericordioso, nos podemos fijar en lo que nos une.
Veamos por lo tanto algunos frutos que nos trae esta unión "de facto" cuando vivimos nuestra fe, recordando que no puede haber fruto bueno de un árbol malo: el martirio. Durante el tiempo del régimen de Hitler, tanto pastores protestantes como sacerdotes católicos estaban en un mismo campo de concentración. Hubo en Alemania muchos mártires por la fe y los valores cristianos, también protestantes. Quizá el más conocido es Dietrich Bonhoeffer, ejecutado el 9 de abril de 1945; había sido pastor luterano. Se había opuesto al régimen nazi de la Alemania de los años 1930/40.
Aprovecho el tema del martirio, para ampliar nuestros horizontes a otras iglesias cristianas; también ellas tienen sus mártires. El 18 de octubre de 1964, el Beato Papa Pablo VI canonizó a los mártires de Uganda. Sin embargo, los canonizados fueron sólo los católicos romanos. Pero en el grupo de los mártires hubo también un buen número de jóvenes de la iglesia anglicana.
En febrero de 2015 fueron asesinados en Libia 21 mártires de la iglesia copta egipcia porque se habían negado a abandonar su fe para convertirse al Islam. El Papa Copto Tawadros los incluyó en el Synaxarium, lo que equivale a la canonización en la iglesia católica.
Y no podemos olvidar los miles de mártires de las diferentes iglesias cristianas del Medio Oriente, víctimas del fanatismo de ISIS. Son tantos que, al menos para nosotros, muchos quedan en el anonimato. Pero Dios conoce el nombre de cada uno de ellos.
Son los conceptos los que nos impiden todavía celebrar el sacramento de la eucaristía juntos. Pero nuestra confianza vivida en el mismo Dios nos permite estar unidos en la entrega de nuestra vida.
Otro punto que quisiera resaltar es que en aquella época el pueblo no tenía acceso a la Biblia. Ésta estaba escrita en latín, y, además, los códices eran muy caros. Fue Lutero quien se puso a la inmensa tarea de traducir toda la biblia desde los idiomas originales, hebreo y griego - ¡y eso sin computadora! La recién inventada imprenta le dio la posibilidad de una difusión masiva de la Palabra de Dios. De esta manera, el Pueblo de Dios volvió a tener acceso a la Palabra. La lectio divina se había perdido; y fue recién a finales del siglo pasado cuando se comenzó a recuperar este tesoro valioso.
Según Monseñor Nunzio Galantino, secretario general de la Conferencia Episcopal de Italia, el amor de Lutero por la Palabra anticipa la sacramentalidad de la Palabra afirmada por el Concilio Vaticano II. La «pasión de Lutero por Dios ha sido, como dijo el Papa Benedicto en Alemania en el 2011, una pasión profunda: el resorte de su vida y de su camino. No era, en efecto, una cuestión académica». En este contexto quisiera mencionar el comentario de Lutero al Magníficat. Es un comentario bellísimo y muy profundo que refleja, de paso sea dicho, su amor a la Virgen.
La traducción de la Biblia tuvo también otra consecuencia, más bien a nivel cultural: el idioma que usó Lutero para su traducción fue básicamente el dialecto de la región donde vivía, en Alemania central. Ésto se convirtió en la base para el idioma alemán estándar que usamos hoy en día.
Lutero también escribió el texto y la música de muchos cantos religiosos. Según la tradición son entre 35 y 42. Eso le permitió al pueblo no sólo participar activamente en las celebraciones, sino que fue también una gran ayuda para interiorizar la fe. En eso se refleja por una parte el hecho de la formación musical que Lutero había recibido en sus años jóvenes, pero también su pasado de monje agustino. Fue San Agustín quien dijo en una ocasión, "quien canta bien, ora el doble". Estos cantos fueron, junto con la lectura de la biblia, el medio más importante para formar a la gente en la fe. Y un buen número de estas canciones se cantan también en la iglesia católica - porque ¡son bíblicas! Más allá de la iglesia, estos cantos tuvieron también una gran influencia en la música, hasta el día de hoy. En la iglesia católica pasó más tiempo hasta que la gente comenzó a participar activamente en la liturgia. Todavía hoy hay gente que habla de "oír misa" - ¡qué palabra tan fea!
La iglesia católica tardó más tiempo - casi cinco siglos - para implementar cosas que hoy en día, para las generaciones jóvenes, ya son costumbre. Se necesitaron tres concilios, el de Trento, y los dos del Vaticano, especialmente el último. Y sólo Dios sabe hasta qué punto ha influido la oración y la vida de muchos santos, de hombres y mujeres que tomaron su relación con Dios en serio, en los cambios que hoy nos acercan más a Él.
Lutero no era ningún santo. Tenía sus sombras, algunas de ellas fuertes. Pero eso precisamente es la prueba de que Dios sabe escribir derecho en líneas torcidas. A pesar de su carácter fuerte - o quizá precisamente por eso - ha sido un hombre honesto que buscaba a Dios con sincero corazón. No podría haber escrito su comentario al Magníficat, donde resalta la humildad de María, si él mismo no hubiera entendido y vivido la humildad. Dice en una ocasión, "mientras yo dormía, Dios reformaba la Iglesia". Lutero no quería ninguna separación; él quería reformar la iglesia. Fue la intransigencia en ambos lados - porque todos somos inconscientemente hijos de nuestra época - que llevó a la separación.
No me parece conveniente ver a Lutero fuera de contexto. En la Europa de la época, algo estaba en el aire. Porque en los mismos años aquellos hubo también otras personas que intentaron reformar la iglesia: Calvino y Zwingli. Dentro de la iglesia hubo otro enfoque, el de comenzar por uno mismo. Me vienen a la memoria tres españoles: Santa Teresa de Ávila y San Juan de la Cruz. Son los místicos que influyen en la vida de la Iglesia hasta hoy. El otro es San Ignacio de Loyola. Ha sido un hombre recio que, después de su conversión, diseñó los ejercicios espirituales, con el objetivo de acercar la gente más a Dios.
También hoy, el camino va por allí. Se trata de acercarnos a Dios en una relación personal y de confianza, dejando atrás nuestros proyectos y la identificación con nuestra cultura, para vivir nuestra fe. Este camino nos llevará hacia la unidad.

miércoles, 23 de agosto de 2017

GRACIAS


Por fin puedo escribir de nuevo, esta vez algo más personal. Quiero dar, por esta vía, unas sinceras gracias a todos mis amigos y amigas que me ayudaron tanto durante los últimos meses del año pasado y los primeros de éste. No había sido fácil conseguir las medicinas que necesitaba para que siguieran funcionando bien mis pulmones y mi corazón. Mientras tanto, el 4 de mayo me cambiaron la válvula mitral del corazón, y me estoy recuperando muy bien (la foto es del 9 de julio). Fue una operación bastante delicada; y me dicen que por eso la recuperación durará como un año. Y así lo siento: a pesar de sentirme muy bien, las fuerzas no me duran mucho tiempo. Necesito mucho descanso. Cuando haya acceso a medicinas, podré regresar, para vernos cara a cara, y para que les dé este abrazo que se merecen. Mientras tanto, aprovecho el tiempo para recuperarme bien, y para hacer algunos trabajos que no me exigen mucho esfuerzo. Por los momentos espero poder servirles con lo poco que puedo dar.
En mi última cita con el cirujano antes de la operación, él me dijo que percibía en mí una actitud muy positiva, y que ésta contribuiría mucho al éxito de la intervención. Eso no me sorprende, porque todo el tiempo he recibido de Uds. muchísimas muestras de solidaridad y de buenos deseos, asegurándome de sus oraciones. Además, me dieron casi como una "orden" que me recuperara porque, aparte de los encuentros personales, querían seguir leyendo mis escritos en el blog.
Pues bien, aunque del momento no puedo hacer mucho, no me siento inútil. Mi tarea es la de restablecerme, para poder seguir sirviendo a Uds. Mientras tanto, pondré por escrito mis reflexiones sobre esta experiencia y otros temas, porque no me falta tiempo para reflexionar.
En toda esta relación entre nosotros veo un poco lo que es la comunión de los santos. Dios se hace presente entre nosotros, en cada uno según sus dones. A veces parece poco lo que una sola persona puede aportar. Pero no se trata de eso. Se trata de permitirle a Dios que se manifieste, que se haga su voluntad y, de esta manera contribuimos a que Él sea glorificado en todo.

DE NUEVO:
MUCHAS GRACIAS,
QUE DIOS SE LO RECOMPENSE