Un santo de rodillas ve más lejos que un filósofo de puntillas. (Corrie ten Boom)

miércoles, 24 de agosto de 2016

Todos somos uno en Cristo


A veces se cree que la gente que practica algún tipo de meditación o, como nosotros, la oración centrante, se ocupa solamente de sí misma, haciendo introspección. Se piensa que estamos interesados en salvar solamente nuestras almas, sin ocuparnos de los demás.
Sin embargo, esto sería una aberración. Es verdad, en el momento de meditar o hacer oración centrante - y aquí hablo exclusivamente de las prácticas cristianas, porque no conozco lo suficiente las otras tradiciones religiosas - nos desentendemos por un breve tiempo del mundo que nos rodea. Pero no lo hacemos para estar tranquilos y solos con nosotros mismos. Nos relacionamos con Dios, el fondo de nuestro ser, y de todos los seres.
Sabemos por experiencia que esta forma de oración es, por una parte, muy sencilla: en silencio, mantenemos la intención de consentir a la presencia y acción de Dios en nosotros. Por otra parte, no es nada fácil: uno logra conseguir la tranquilidad exterior. Pero justamente entonces se asoman los ruidos interiores: pensamientos, sensaciones, emociones, recuerdos, planes, preocupaciones y diálogos interiores; un sin fin de cosas que quieren impedirnos estar tranquilos y a solas con Dios. En la oración centrante no rechazamos nada de lo que se asoma en nuestro interior. Pero tampoco le hacemos caso. Esto no es fácil cuando algo llama fuertemente nuestra atención. Pero, al no reprimirlo al subconsciente - donde volvería a hacer de las suyas - y al aceptar su existencia, pero sin atenderlo, se esfuma poco a poco. Los monjes antiguos comparaban estos pensamientos con vicios nacientes, como si fueran niños recién nacidos: cuando no los atiendes, se mueren.
De esta manera, le damos espacio a Dios para que haga su obra en nosotros: cuanto más nos desentendemos de las tendencias de nuestro ego, tanto más Él nos va transformando a su imagen y semejanza, para que seamos estos hombres y mujeres que Él tenía pensado desde la eternidad, y que comenzó a crear en el momento de nuestra concepción. A veces comparo esta actividad con un niño que recibe un corte de pelo: si se mueve mucho y mira por todos lados, el corte sale muy feo. Pero si se queda sentado tranquilo, todo sale bien. Así nosotros, si nos quedamos tranquilos en la presencia de Dios, le damos mano libre para que haga su obra maestra con nosotros.
Todo esto es obra de Dios. Nuestra obra consiste en vaciarnos de nosotros mismos. Sabemos que esto es un combate de por vida. No luchamos contra algo, sino que mantenemos nuestros ojos fijos en el Señor, por encima de todo lo que quiere distraernos. Es allí donde podemos encontrarnos con los demás:
  • Al experimentar la gran misericordia de Dios para conmigo, y la paciencia que tiene con mi lentitud en este camino, puede nacer en mí la comprensión de que mi hermano está en las mismas. Nacen en mí comprensión, paciencia, y misericordia.
  • Nada es un logro de mi esfuerzo, sino que todo es gracia de Dios. Esto, en vez de llevarme al orgullo, me invita a ser humilde y agradecido. Sé que no puedo luchar con mis propias fuerzas; así que no puedo condenar al hermano, como el fariseo en el templo se refirió con desprecio al publicano (Lucas 18,9-14); al contrario, me inspira comprensión.
  • No puedo compararme con nadie. Se trata más bien de compartir y de complementar lo que le hace falta a cada uno.
  • No soy una isla; soy responsable de transmitirle a mi hermano el amor de Dios, igual como yo lo recibo a través de los hermanos. El amor, al compartirlo, crece.
En resumen: como indican las líneas entre un lado y otro del triángulo de la figura, cuanto más me acerco a Dios, tanto más cercana y fuerte se hace la relación con mi hermano. Y descubrimos que ambos estamos bebiendo de la misma fuente que es Cristo. El tiempo que paso a solas con Dios no es tiempo perdido; es tan necesario como el tiempo que pasa un carro fuera de circulación para reponer combustible. Si no lo hace, no puede seguir haciendo ningún servicio. Hay un cuento muy bello - y recomiendo leerlo - que habla de esto mismo: La Ciudad de los Pozos, por el Abad Mamerto Menapace OSB.
El hecho de que Dios está en lo más profundo de nuestro ser, nos trae una buena noticia: entre hermanos de posiciones diferentes siempre hay un punto de encuentro; no se trata de un arreglo entre dos que están en el mismo nivel, sino de tomar como punto de referencia a Dios en nosotros. En Él siempre somos uno, y podemos lograr la unión.
Este punto de referencia, la presencia de Dios en cada uno de nosotros, es lo que vale. Sabemos que esto es un ideal que no se logra siempre. Pero me da la buena noticia de que nadie puede obligarme a someterme a sus criterios puramente humanos e intereses egoístas.
A la vez, me da la capacidad de perdonar al otro aunque éste, en vez de pedirme perdón, se empeña en perseguir sus intereses sin importarle el daño que me pueda hacer. Perdónales porque no saben lo que hacen, dijo Cristo desde la cruz (Lucas 23,34). Aunque el otro esté inconsciente del por qué hace las cosas, yo, por mi relación con Dios, estoy más cerca de mi hermano de lo que él se imagina. Por eso sé lo que le pasa, y puedo estar dispuesto a perdonar.

lunes, 8 de agosto de 2016

Luz de Cristo


Las celebraciones litúrgicas del triduo pascual, y más aun las de la vigilia pascual, son sumamente densas. Por eso vale la pena reflexionar sobre algunos aspectos y ritos en un momento aparte. Aquí voy a ahondar solamente en el comienzo de la vigilia pascual: la liturgia de la luz. Yo soy la luz del mundo, quien me siga no caminará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida (Juan 8,12).
Cuando entramos en procesión en la iglesia, sólo el cirio pascual está encendido. Si nos quedáramos solamente admirando este cirio, no cambiaría el ambiente oscuro.
Por eso pasamos esta luz de uno a otro, la luz que viene del cirio pascual, que simboliza a Cristo. El mismo Dios que mandó a la luz brillar en las tinieblas, es el que hizo brillar su luz en nuestros corazones para que en nosotros se irradie la gloria de Dios, como brilla en el rostro de Cristo (2Corintios 4,6). Conviene tener presentes algunos aspectos de lo que hacemos espontáneamente y, por lo tanto, sin pensar en qué nos enseña su significado:
La luz de una sola vela no ilumina mucho, pero es algo. Sin embargo, si todos encendemos nuestra vela, el ambiente se aclara bastante, y nos vemos las caras; incluso se puede leer:
Todos somos vasos de barro, pero en ellos llevamos un gran tesoro (2Corintios 4,7): la vida que Dios nos ha dado, simbolizada en nuestra pequeña vela. Si la encendemos en Cristo, ilumina nuestro alrededor. Todos estamos invitados a iluminar nuestra vida con la luz de Cristo. Lo que ilumina no es la vela - que somos nosotros - sino la luz encendida en la vela - que es Cristo. Tener eso claro, nos protege de la vanagloria que quiere hacernos creer que nosotros somos grandes luces.
Antes que ser maestros, estamos llamados a ser testigos. No apuntamos con el dedo al cirio pascual, hablando de él. Hablamos de lo que hemos visto y oído, de las obras grandes que Dios ha hecho en nosotros. Le permitimos a Dios que haga algo en nosotros. Le decimos que se haga SU voluntad en nosotros. Déjate quemar si quieres alumbrar, dicen las letras de una canción.
No puedo pasarle la luz a otro, si mi vela no está encendida:
Mientras no tenemos encendida en nosotros la luz de Cristo, somos como un televisor apagado: pura pantalla que no transmite nada.
No importa si la persona que me pasa la luz tiene una vela grande o pequeña, derecha o torcida, blanca o de color, limpia o sucia. Lo que importa es la luz de Cristo:
Fácilmente descalificamos a las personas que nos anuncian el evangelio - desde el Papa, pasando por los obispos y sacerdotes, y terminado con la vecina que nos cae mal. De esta manera nos cerramos a recibir el tesoro que llevan dentro, que es la vida de Cristo. Para recibirla, necesitamos humildad.
Si, por una brisa o un descuido, a mi vecino se le apaga su luz, simplemente se la paso de nuevo:
Nos recuerda el perdón y la reconciliación. Son el distintivo de los cristianos. No pierdo nada al pasar la luz de mi vela a la de otro; es la luz de Cristo. Si no la paso, igual mi vela se consume. La cuestión no es si mi vela se consume o no; la cuestión es si, cuando se haya consumido, quedará luz en el ambiente. ¿Cómo quiero dejar el mundo cuando me muera? ¿En más tinieblas, o con más luz? Lo importante no soy yo, sino la luz de Cristo.
Toda esta procesión, con la transmisión de la luz, se hace en silencio. Lo único que se oye es el triple anuncio del ministro: ¡LUZ DE CRISTO! Son pocas palabras, pero de suma importancia. No hay que hablar mucho; lo que necesitamos es la acción del compartir. Así nos hacemos iglesia. Al compartir la Palabra, nos desgastamos. Pero la Palabra es eterna. Uno siembra, otro cosecha; como nosotros cosechamos con cantos lo que otros han sembrado con lágrimas (Salmo 125,5).
Más tarde, en esta misma noche, se bautizan los catecúmenos. En la iglesia antigua se llamaba el bautismo iluminación. Lamentablemente, hoy en día, cuando este sacramento es para muchos solamente una celebración más, sin conocer su significado, ya no entendemos por qué se lo consideraba así. Por el bautismo participamos en la muerte y resurrección de Cristo. Nos hacemos muertos al pecado, para vivir con Cristo. Eso no es fácil; lo sabemos por experiencia. Pero, al aceptar el sufrimiento, al dejar atrás el pecado, los vicios y malas costumbres, nos damos cuenta de que la nueva vida que encontramos tiene sentido, es mucho más bella que la anterior; vamos descubriendo nuestra verdadera identidad, y recibimos fuerza para resistir un ambiente hostil. Es como ver qué hay al otro lado de la muerte. A esto apuntaban nuestros padres en la fe cuando hablaban de iluminación. No tiene nada que ver con más conocimientos o conocimientos secretos. Es una experiencia que nos hace más sabios y comprensivos. La experiencia del poder de Dios en nuestra debilidad.

lunes, 4 de abril de 2016

Concebido por el Espíritu Santo


La confianza en Dios no es algo estático que uno tiene o no. Es un camino que nos lleva a profundidades siempre nuevas. Es una relación personal que busca una y otra vez entender. María respondió al ángel: "¿Cómo sucederá eso si no convivo con un hombre?" El ángel le respondió: "El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, el consagrado que nazca llevará el título de Hijo de Dios. Mira, también tu pariente Isabel ha concebido en su vejez, y la que se consideraba estéril está ya de seis meses. Pues nada es imposible para Dios" (Lucas 1,34-37).
¡Qué habrá pasado en la mente y en el corazón de María! ¿Tener un hijo sin tener relaciones con un hombre? ¿No será que se está engañando a sí misma? ¿Será que se está imaginando cosas? Seamos honestos: también nosotros, hasta el día de hoy, tenemos dificultades con el nacimiento de una virgen. Incluso admitiendo esta posibilidad, nos quedaríamos con un problema de índole científica: en una concepción, la mujer transmite los cromosomas xx, mientras que el hombre contribuye con los de xy, los únicos que pueden hacer un varón. Éstos siempre son transmitidos por el padre. Ahora bien, si este padre no está - como el evangelio de Mateo (Mateo 1,18) deja bien claro - ¿de dónde viene entonces un hijo varón?
Pero, María no tenía estos problemas científicos. Tampoco son de importancia para nosotros. Aquí se trata de mucho más que la ciencia. Se trata de la pregunta de si Dios es capaz de hacer semejante cosa. Con eso llegamos a un punto donde nos vemos obligados a preguntarnos en qué Dios creemos realmente. ¿En un Dios que, en grandes líneas, corresponde a nuestras ideas y expectativas? ¿Uno que, si es necesario, puede ayudarnos cuando nosotros ya no podemos aunque quisiéramos? O creemos en un Dios que es totalmente diferente, uno que comienza a actuar precisamente cuando estamos convencidos de que ya no hay nada que hacer? ¿Buscamos solamente a un dios según nuestra imagen y semejanza? ¿O dejamos que el Dios verdadero nos forme - y transforme - según SU imagen y semejanza?
Por lo tanto, el nacimiento de una virgen no es un problema científico, sino que cuestiona nuestra fe. ¿Queremos mantener el control sobre nuestra vida y nuestros deseos, o estamos dispuestos a confiar plenamente en Él? ¿Consentimos a su acción en nuestra vida, aunque no sepamos cómo será eso? Si queremos que Dios tome las riendas en el mundo, comencemos a dárselas en nuestra vida.
El nacimiento de una virgen tiene un significado más amplio todavía: hay por ahí una corriente que nos quiere decir que Jesús, de joven, se fue a la India, donde recibió la iluminación. Después regresó a su país y comenzó a predicar. Pero nuestra Salvación no viene de la India; como dice Jesús a la Samaritana: Ustedes dan culto a lo que no conocen, nosotros damos culto a lo que conocemos; porque la salvación procede de los judíos (Juan 4,22). Jesús proviene del seno del pueblo de Israel, y se formó en la revelación de Dios en el antiguo testamento. La genealogía de Jesús (Mateo 1,1-17) no puede hablar más claro. Jesús nace del pueblo de Israel, pero ningún hombre puede decir que es su padre. Y como María simboliza a Israel, así José simboliza a los justos de Israel que acogen a Jesús - que es uno de ellos, pero no un logro de ellos, sino un don de Dios.

lunes, 28 de marzo de 2016

¡Resucitó! ¿Será?


No es ningún secreto que hoy en día hay un alto porcentaje de cristianos que no creen en la resurrección. No saben cómo relacionarla con su vida. Y no es para menos. Ya desde los tiempos apostólicos, a la gente, incluyendo a los discípulos, les costaba creer en la resurrección.
Mientras bajaban de la montaña (después de la transfiguración, Jesús) les encargó que no contaran a nadie lo que habían visto, hasta que el Hijo del Hombre resucitara de entre los muertos. Ellos cumplieron aquel encargo pero se preguntaban qué significaría resucitar de entre los muertos (Marcos 9,9-10).
María Magdalena va al sepulcro y observa que la piedra está retirada del sepulcro. Llega corriendo a donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, el que era muy amigo de Jesús, y les dice: Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto (Juan 20,1-2). Eso parecía ser la única explicación lógica de lo que había visto. Los discípulos no les creyeron a las mujeres cuando éstas les dijeron que Jesús había resucitado (Marcos 16,11; Lucas 24,11).
Los sumos sacerdotes... ofrecieron a los soldados (que habían vigilado la tumba) una buena suma encargándoles: Digan que durante la noche, mientras ustedes dormían, llegaron los discípulos y robaron el cadáver... Así se difundió ese cuento entre los judíos hasta el día de hoy (Mateo 28,11-15). No puede ser verdad lo que no debe ser verdad.
En Atenas, al oír lo de la resurrección de los muertos, unos se burlaban, otros decían: En otra ocasión te escucharemos sobre este asunto (Hechos 17,32).
Acerca de Pablo, prisionero en Cesarea, Festo dijo a Agripa: ...Solamente traían contra él discusiones sobre su religión y sobre un tal Jesús, muerto, del que Pablo dice que vive (Hechos 25,19).
A lo largo de la historia se han inventado un sinfín de acrobacias mentales para desacreditar un fenómeno que, si bien está a la vista, no tiene explicación lógica - al menos mientras nos apoyamos sólo en la lógica humana.
Para llegar a creer en la resurrección es imprescindible entrar en una relación con Dios. Jesús mismo nos da la clave: Yo soy el camino, la verdad y la vida (Juan 14,6). ¿Cuál era este camino de Jesús? Lo celebramos en el triduo pascual: El que resucitó, es Jesús, el mismo que había muerto en la cruz. Las llagas en su cuerpo resucitado lo identifican como el crucificado. Pero antes de estos acontecimientos hay otro detalle que muchas veces pasamos por alto: la agonía de Jesús en el huerto. Para Jesús hubiera sido fácil evitar este sufrimiento. Hubiera bastado ir con sus discípulos a otra parte, o incluso bajar a Jericó. Nadie lo hubiera encontrado. No lo hubieran detenido. No hubiera muerto de esta manera. El mismo Jesús había pedido al Padre entre gritos y lágrimas (Hebreos 5,7) que lo salvara de esta hora. Pero - añadía - no se haga mi voluntad, sino la tuya (Mateo 26,39). Él no había venido al mundo solamente para enseñar y sanar, sino para salvar, amando hasta el extremo. Y eso incluía la entrega de su vida. Se vació de sí y tomó la condición de esclavo, haciéndose semejante a los hombres. Y mostrándose en figura humana se humilló, se hizo obediente hasta la muerte, y una muerte en cruz (Filipenses 2,7-8). Esta entrega total le dejó mano libre al Padre para actuar, y dar una respuesta inaudita. Dios actúa de manera sorprendente, inesperada.
La falta de relación personal con Dios tiene, además, otra causa: vivimos y nos criamos en una sociedad que, desde hace siglos, es de tradición cristiana. Se nos ha transmitido una enseñanza que recibimos desde niño. Veneramos al "dios de nuestros padres", pero no necesariamente al Dios que nos ha salido al encuentro a nosotros. Hemos recibido tradiciones y catequesis, pero no necesariamente el testimonio que nos lleva a una relación personal con Dios. Allí me parece estar el detalle: Dios lo ha resucitado de la muerte y nosotros somos testigos de ello (Hechos 2,32; 3,14), dice Pedro. En nuestra vida tenemos muchos maestros, pero pocos testigos. Repetimos lo que se nos ha dicho, pero sin que dé fruto en en nuestra vida. Nos falta gente - testigos - que nos expliquen cómo descubrir la resurrección en nuestras vidas.
¿Qué podemos hacer para que la resurrección sea de nuevo, no sólo una creencia, sino una fe que transforme nuestra vida? En la iglesia, desde hace unas décadas, vuelve a estar en auge la oración contemplativa. Hay varias formas de ella, todas de larga tradición cristiana, pero caídas en el olvido por los últimos cinco siglos. Una de ellas es la Oración Centrante, que yo practico y conozco. Consiste en la intención de consentir a la presencia y acción de Dios en nosotros. Se practica en silencio. Al no hacer caso a los pensamientos que le vienen a uno, nos despegamos de nuestro ego, y dejamos las riendas a Dios. Es una disciplina que nos introduce en el consentimiento de Jesús en el huerto.
Si esto les parece difícil, comiencen al menos con pronunciar las palabras del Padre Nuestro, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo, no de boca para fuera, como un loro, sino con sinceridad, desde lo profundo del corazón.
Uno de los frutos de esta entrega es la libertad. Así como los hijos de una familia tienen una misma carne y sangre, también Jesús participó de esa condición, para anular con su muerte al que controlaba la muerte, es decir, al Diablo, y para liberar a los que, por miedo a la muerte, pasan la vida como esclavos (Hebreos 2,14-15).
¡No se desanimen! Al comienzo nos cuesta. Nadie quiere morir, nadie quiere entregar el control de su vida, ¡ni siquiera a Dios! Jesús sudó sangre. Este es el único camino que nos lleva a la verdad, la verdadera iluminación, y a la vida. La vida nueva que nos espera, la nueva calidad de vida, es maravillosa. San Pablo la llama "Vida Resucitada". Es como un adelanto de lo que nos espera cuando se nos pide la entrega de la vida al final de nuestros días.

sábado, 26 de marzo de 2016

Oración el Papa Francisco a la Santa Cruz


Hoy me llegó por whatsapp una oración del Papa Francisco a la Santa Cruz. No sé la fuente de ella, pero estoy seguro de que es auténtica. Por eso quiero compartirla. Sólo añadí la imagen.
En su oración el Papa dijo:
«Oh Cruz de Cristo, símbolo del amor divino y de la injusticia humana, icono del supremo sacrificio por amor y del extremo egoísmo por necedad, instrumento de muerte y vía de resurrección, signo de la obediencia y emblema de la traición, patíbulo de la persecución y estandarte de la victoria.
Oh Cruz de Cristo, aún hoy te seguimos viendo alzada en nuestras hermanas y hermanos asesinados, quemados vivos, degollados y decapitados por las bárbaras espadas y el silencio infame.
Oh Cruz de Cristo, aún hoy te seguimos viendo en los rostros de los niños, de las mujeres y de las personas extenuadas y amedrentadas que huyen de las guerras y de la violencia, y que con frecuencia sólo encuentran la muerte y a tantos Pilatos que se lavan las manos.
Oh Cruz de Cristo, aún hoy te seguimos viendo en los doctores de la letra y no del espíritu, de la muerte y no de la vida, que en vez de enseñar la misericordia y la vida, amenazan con el castigo y la muerte y condenan al justo.
Oh Cruz de Cristo, aún hoy te seguimos viendo en los ministros infieles que, en vez de despojarse de sus propias ambiciones, despojan incluso a los inocentes de su propia dignidad.
Oh Cruz de Cristo, aún hoy te seguimos viendo en los corazones endurecidos de los que juzgan cómodamente a los demás, corazones dispuestos a condenarlos incluso a la lapidación, sin fijarse nunca en sus propios pecados y culpas.
Oh Cruz de Cristo, aún hoy te seguimos viendo en los fundamentalismos y en el terrorismo de los seguidores de cierta religión que profanan el nombre de Dios y lo utilizan para justificar su inaudita violencia.
Oh Cruz de Cristo, aún hoy te seguimos viendo en los que quieren quitarte de los lugares públicos y excluirte de la vida pública, en el nombre de un cierto paganismo laicista o incluso en el nombre de la igualdad que tú mismo nos has enseñado.
Oh Cruz de Cristo, aún hoy te seguimos viendo en los poderosos y en los vendedores de armas que alimentan los hornos de la guerra con la sangre inocente de los hermanos.
Oh Cruz de Cristo, aún hoy te seguimos viendo en los traidores que por treinta denarios entregan a la muerte a cualquier persona.
Oh Cruz de Cristo, aún hoy te seguimos viendo en los ladrones y en los corruptos que en vez de salvaguardar el bien común y la ética se venden en el miserable mercado de la inmoralidad.
Oh Cruz de Cristo, aún hoy te seguimos viendo en los necios que construyen depósitos para conservar tesoros que perecen, dejando que Lázaro muera de hambre a sus puertas.
Oh Cruz de Cristo, aún hoy te seguimos viendo en los destructores de nuestra «casa común» que con egoísmo arruinan el futuro de las generaciones futuras.
Oh Cruz de Cristo, aún hoy te seguimos viendo en los ancianos abandonados por sus propios familiares, en los discapacitados, en los niños desnutridos y descartados por nuestra sociedad egoísta e hipócrita.
Oh Cruz de Cristo, aún hoy te seguimos viendo en nuestro mediterráneo y en el Mar Egeo convertidos en un insaciable cementerio, imagen de nuestra conciencia insensible y anestesiada.
Oh Cruz de Cristo, imagen del amor sin límite y vía de la Resurrección, aún hoy te seguimos viendo en las personas buenas y justas que hacen el bien sin buscar el aplauso o la admiración de los demás.
Oh Cruz de Cristo, aún hoy te seguimos viendo en los ministros fieles y humildes que alumbran la oscuridad de nuestra vida, como candelas que se consumen gratuitamente para iluminar la vida de los últimos.
Oh Cruz de Cristo, aún hoy te seguimos viendo en el rostro de las religiosas y consagrados –los buenos samaritanos– que lo dejan todo para vendar, en el silencio evangélico, las llagas de la pobreza y de la injusticia.
Oh Cruz de Cristo, aún hoy te seguimos viendo en los misericordiosos que encuentran en la misericordia la expresión más alta de la justicia y de la fe.
Oh Cruz de Cristo, aún hoy te seguimos viendo en las personas sencillas que viven con gozo su fe en las cosas ordinarias y en el fiel cumplimiento de los mandamientos.
Oh Cruz de Cristo, aún hoy te seguimos viendo en los arrepentidos que, desde la profundidad de la miseria de sus pecados, saben gritar: Señor acuérdate de mí cuando estés en tu reino.
Oh Cruz de Cristo, aún hoy te seguimos viendo en los beatos y en los santos que saben atravesar la oscuridad de la noche de la fe sin perder la confianza en ti y sin pretender entender tu silencio misterioso.
Oh Cruz de Cristo, aún hoy te seguimos viendo en las familias que viven con fidelidad y fecundidad su vocación matrimonial.
Oh Cruz de Cristo, aún hoy te seguimos viendo en los voluntarios que socorren generosamente a los necesitados y maltratados.
Oh Cruz de Cristo, aún hoy te seguimos viendo en los perseguidos por su fe que con su sufrimiento siguen dando testimonio auténtico de Jesús y del Evangelio.
Oh Cruz de Cristo, aún hoy te seguimos viendo en los soñadores que viven con un corazón de niños y trabajan cada día para hacer que el mundo sea un lugar mejor, más humano y más justo.
En ti, Cruz Santa, vemos a Dios que ama hasta el extremo, y vemos el odio que domina y ciega el corazón y la mente de los que prefieren las tinieblas a la luz.
Oh Cruz de Cristo, Arca de Noé que salvó a la humanidad del diluvio del pecado, líbranos del mal y del maligno.
Oh Trono de David y sello de la Alianza divina y eterna, despiértanos de las seducciones de la vanidad.
Oh grito de amor, suscita en nosotros el deseo de Dios, del bien y de la luz.
Oh Cruz de Cristo, enséñanos que el alba del sol es más fuerte que la oscuridad de la noche.
Oh Cruz de Cristo, enséñanos que la aparente victoria del mal se desvanece ante la tumba vacía y frente a la certeza de la Resurrección y del amor de Dios, que nada lo podrá derrotar u oscurecer o debilitar. Amén».

miércoles, 23 de marzo de 2016

Getsemaní, o: Consentir a la Acción de Dios


Imagen de Internet
¿Por qué será tan difícil centrar nuestra vida espiritual en lo esencial? ¿Por qué siempre buscamos andar por las ramas?
En el fondo, lo sabemos: Dios no quiere menos que TODO. Entregarnos a Él no nos permite mantener puertas de escape abiertas. No nos permite una relación superficial, para "quedarnos bien", pero sin que toque nuestros intereses. Hablé de eso en la entrada anterior.
Es una reacción normal: no queremos morir; ¡queremos vivir! También Jesús ha pasado por esta angustia: Durante su vida mortal dirigió peticiones y súplicas, con clamores y lágrimas, al que podía librarlo de la muerte (Hebreos, 5,7). Se arrodilló y oraba: Padre, si quieres, aparta de mí esta copa. Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya. Se le apareció un ángel del cielo que le dio fuerzas. (Lucas 22,43-44). Sólo Lucas habla del ángel del cielo que le dio fuerzas. Me pregunto qué experiencia está detrás de esta expresión.
Recordemos: Cristo no vino a hacer su voluntad sino la del que lo envió. Como hombre tenía su preferencias, sus gustos, su deseo de vivir. Pero se entregó totalmente, sin reservas, al cumplimiento de la voluntad de su Padre. Una vez que había decidido esto, le entró fuerza. Todos tenemos esta experiencia: le damos vueltas a un asunto, nos sentimos como paralizados, no podemos hacer nada. Pero una vez que hemos tomado la decisión, podemos concentrarnos con todas nuestras fuerzas en la consecución de nuestro objetivo. Ya no hay marcha atrás, sólo paso hacia adelante; ya no quedan puertas de escape abiertas. Hemos "quemado las naves". Hasta aquí, nuestra experiencia humana.
Pero, además, el ángel apunta a la presencia de Dios. Al consentir SU acción en nosotros, Él toma las riendas. Aunque parece que todo está perdido, es ahora cuando todo está ganado. La misma decisión tomada, y la confianza en Dios, nos dan esta fortaleza que, aunque la gente nos victimiza, no logra convertirnos en víctimas. La actitud soberana de Jesús sorprende a sus jueces, a los que están crucificados con Él, y al centurión romano.
En este contexto podemos leer también una expresión de San Pablo: ¿Quién nos apartará del amor de Cristo? ¿Tribulación, angustia, persecución, hambre, desnudez, peligro, espada?... En todas esas circunstancias vencemos fácilmente gracias al que nos amó. Estoy seguro que ni muerte ni vida, ni ángeles ni potestades, ni presente ni futuro, ni poderes ni altura ni hondura, ni criatura alguna nos podrá separar del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro (Romanos 8,35-39).
"Fácilmente": Si nos fijamos en lo que dejamos atrás, es muy difícil. Pero si miramos hacia adelante, se hace fácil. Lo que no significa que no sea un sufrimiento. El que tiene un 'por qué', es capaz de aguantar casi cualquier 'cómo' decía Viktor Frankl quien debía saberlo porque había pasado por los horrores de los campos de concentración.
Para ser seguidores de Cristo, no sólo de palabra y costumbre, sino de verdad, la carta a los Hebreos nos da un consejo: Por lo tanto, nosotros, rodeados de una nube tan densa de testigos, desprendámonos de cualquier carga y del pecado que nos acorrala; corramos con constancia la carrera que nos espera, fijos los ojos en el que inició y consumó la fe, en Jesús. El cual, por la dicha que le esperaba, sufrió la cruz, despreció la humillación y se ha sentado a la derecha del trono de Dios. Piensen en aquel que soportó tal oposición por parte de los pecadores, y no se desalentarán. Todavía no han tenido que resistir hasta derramar la sangre en su lucha contra el pecado (Hebreos 12,1-4).
Si queremos aprovechar la adoración al Santísimo el Jueves Santo, ¿por qué no reflexionamos sobre lo que nos tiene atados o paralizados? ¿Qué mantiene nuestra vida cristiana tan estéril? ¿A qué tenemos miedo? ¿Qué es lo que no queremos perder? ¿Cuál es la puerta de escape que nos mantenemos abierta? Trata de contestar estas preguntas con honestidad frente al Santísimo. Consiente a la presencia y acción de Dios en tu vida. Una vez que hayas aceptado la voluntad de Dios sentirás paz, una paz tan profunda que nada ni nadie te podrá robar.

Semana ¿Santa?

Hemos llegado a la Semana Mayor, la semana cuando celebramos el misterio de mayor importancia de nuestra vida, y cuando hacemos el mayor empeño por distraernos de lo que realmente significa para nosotros. La liturgia, sobria como siempre, nos invita a celebrar a Cristo: muerto en una cruz y resucitado. Pero, desde los comienzos del cristianismo, esto nos parece un escándalo y una locura. Por eso se han inventado una serie de adornos a las celebraciones litúrgicas que, con el tiempo, captan tanto nuestra atención que se nos olvida lo esencial. Por más que los llamemos "demostraciones de nuestra fe", se han convertido en "opio del pueblo" que reduce nuestra práctica cristiana a una rutina inofensiva. No cambia a nosotros ni al mundo.
Ya en los años de 1940, el escritor inglés C. S. Lewis escribió un librito titulado "Instrucciones para un diablo subalterno". Éste tiene el encargo de tentar a un hombre, para que se aleje de Dios. La "tragedia" ocurre cuando este hombre comienza a orar. Entonces el diablo subalterno recibe las siguientes instrucciones: Tienes que mantenerlo rezando a su imagen, a la cosa hecha por él, no a la persona que lo ha creado a él. Incluso puedes animarlo a darle mucha importancia de corregir y mejorar su objeto, a mantenerlo continuamente en su mente durante todo el tiempo de oración. C. S. Lewis, Screwtape Letters (Instrucciones a un diablo subalterno) cap. 4. No he encontrado un texto que pusiera los puntos sobre las íes de manera más clara.
Comenzamos el domingo de ramos. Llama la atención que este domingo, y toda la semana santa, mucha más gente va a la iglesia que en otros domingos. Es por las palmeras. Y ¿el encuentro con Cristo en la comunión?
El miércoles santo muchos se visten de nazareno. Eso no es peligroso. En otros países basta con que uno sea cristiano para que lo maten cruelmente.
El jueves santo hay adoración al Santísimo. ¿Sabemos hacerlo en silencio, para que podamos escuchar la voz del Señor? ¿Lo acompañamos en su entrega a la voluntad del Padre, haciendo nuestra propia entrega?
El viernes santo, ¿tenemos que aliviar lo horrible que es la cruz de Cristo con el espectáculo de un vía crucis viviente?
¿Por qué la tradición de solamente siete palabras cuando en la Pasión de Cristo se encuentra mucha más riqueza?
Y ¿las procesiones? ¿Nos olvidamos que los discípulos huyeron y dejaron a Jesús solo? ¿No queremos ver y reconocer que, muchas veces, también nosotros cerramos los ojos o evitamos situaciones que nos exigen una postura clara?
¿De qué nos sirve el agua bendita cuando no nos preparamos para renovar nuestras promesas bautismales de todo corazón?
Y como no hemos pasado por la angustia de la muerte, no sabemos qué hacer el domingo de resurrección. Con la quema de Judas volvemos a caer en la arrogancia del fariseo que desprecia al pecador.
Dejemos tantas actividades y volvamos al silencio, a la soledad. Es allí donde nos habla Dios. Entonces experimentaremos la sobriedad de la liturgia como muy enriquecedora. No se trata sólo de celebrar, sino de dejarse transformar.