Un santo de rodillas ve más lejos que un filósofo de puntillas. (Corrie ten Boom)

jueves, 8 de diciembre de 2016

Él debe crecer y yo disminuir


Condominio Sacro, Detalle
Otra faceta de la figura de Juan Bautista en adviento no es tanto su predicación, sino su ejemplo. A lo largo de la historia, hasta nuestros días, se observa que no sólo el clero, sino todos los agentes pastorales - como se llaman hoy - muchas veces no son tan servidores, sino que se sirven de la iglesia para sus propios fines. En vez de permitir y fomentar la llegada del Señor a los corazones, se adueñan de estos corazones y los desvían. Quizá nos vemos reflejados en los hijos de Zebedeo: Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda (Marcos 10,37). Lo que interesa no es nuestra misión para el bien de los demás, sino nuestra gloria, nuestra fama. Vemos nuestro trabajo no tanto como una vocación, sino como una ocupación para justificar nuestros ingresos, nuestra posición y nuestra área de influencia. Y podemos llegar hasta el extremo de dejar a Dios en la sombra para ponernos a nosotros mismos en el centro de atención. Jesús lo deja bien claro cuando les contesta a Santiago y Juan que no saben lo que piden (Marcos 10,38). A la gloria se llega a través del sufrimiento, de la entrega, del anonadamiento.
Juan da el ejemplo. Le dijeron: Maestro, el que estaba contigo en la otra orilla del Jordán, del que diste testimonio, está bautizando, y todo el mundo acude a él. Respondió Juan: No puede un hombre recibir nada si no se lo concede del cielo. Ustedes son testigos de que dije: Yo no soy el Mesías, sino que me han enviado por delante de él. Quien se lleva a la novia es el novio. El amigo del novio que está escuchando se alegra de oír la voz del novio. Por eso mi gozo es perfecto. Él debe crecer y yo disminuir (Juan 3,26-30).
"¡Maestro, haz algo! ¡Se te va la clientela!" De nuevo vemos el dedo de Juan apuntando a Jesús. Es la única vez cuando nos está permitido e incluso mandado señalar a otro: cuando se trata de la meta de nuestro camino espiritual, Jesús, el Hijo de Dios. Él es el camino, la verdad y la vida (Juan 14,6). No nos conviene interponernos obstaculizando el acceso a Jesús.
Los discípulos de Juan simplemente estaban preocupados por su maestro. Era gente religiosa que tenía que crecer. Pero más tarde vemos otras motivaciones que tienen que ver con la envidia o con el miedo de perder posiciones, privilegios y poder. Es especialmente la clase religiosa dirigente que recurre a toda clase de argumentos para reducir y neutralizar la influencia de Jesús. Recurren a descalificaciones y calumnias. Vino el Hijo del Hombre, que come y bebe, y dicen: miren qué comilón y bebedor, amigo de recaudadores de impuestos y pecadores (Lucas 7,34).
Como las descalificaciones no dieron resultado, recurrieron a la medida extrema, la eliminación física. Los sumos sacerdotes y los fariseos reunieron entonces el Consejo y dijeron: ¿Qué hacemos? Este hombre está haciendo muchos milagros. Si lo dejamos seguir así, todos creerán en él, entonces vendrán los romanos y nos destruirán el santuario y la nación... A partir de aquel día, resolvieron darle muerte (Juan 11,47-48.53). Se mostraron preocupados por el "Lugar Santo y la Nación". Lo que no admitían en su consciencia, pero Jesús mostró al limpiar el templo, fue que este lugar santo era una buena fuente de ingresos y un gran negocio, una cueva de ladrones (Marcos 11,17). Se les iba la clientela y los ingresos.
Por supuesto, eso no lo iban a reconocer. El sumo sacerdote y el Consejo en pleno buscaban un testimonio contra Jesús que permitiera condenarlo a muerte, y no lo encontraban... De nuevo le preguntó el sumo sacerdote: ¿Eres tú el Mesías, el Hijo del Bendito? Jesús respondió: Yo soy... El sumo sacerdote, rasgándose sus vestiduras, dijo: ¿Qué falta nos hacen los testigos? Ustedes mismos han oído la blasfemia. ¿Qué les parece? Todos sentenciaron que era reo de muerte (Marcos 14,55.61-64). La envidia lleva a prejuicios y ciega. No son capaces de percibir la verdad. No puede ser verdad lo que no debe ser verdad. Es esta ceguera obstinada que Jesús llama en una ocasión el "pecado contra el Espíritu Santo", el único pecado que no tiene perdón. No porque Dios no quiera perdonar - Jesús les perdonó a todos desde la cruz - sino porque en su obstinación se han blindado contra el amor de Dios.
Son éstas unas tendencias, desde las más inocentes hasta las más egoístas, que pueden dificultar e impedir el verdadero conocimiento de Jesús, hasta obstaculizar la relación con Él. Adviento es un buen tiempo para revisar las motivaciones inconscientes en nuestra relación con Dios. Recordemos que en la oración centrante renovamos una y otra vez nuestra intención de consentir a la presencia y acción de Dios en nosotros. Es una y otra vez que estamos invitados a practicar lo que dice Juan Bautista: "yo tengo que disminuir; ÉL TIENE QUE CRECER".

lunes, 5 de diciembre de 2016

El Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo


La liturgia del adviento nos presenta dos grandes figuras; una de ellas es Juan Bautista, el precursor del Señor. El arte lo representa muchas veces apuntando con el dedo a Jesús: "miren allá; ahí está; éste es". Quiere que conozcamos a Jesús. Al día siguiente Juan vio acercarse a Jesús y dijo: Ahí está el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo (Juan 1,29). En esta frase corta hay varios detalles que llaman la atención:
Los Judíos esperaban un Mesías que quitara de Israel el yugo de la dominación extranjera (Juan 1,19s). Juan, en cambio, presenta a Jesús como el "Cordero de Dios" que quita lo que realmente nos tiene dominado, el yugo del pecado. No presenta a Jesús como dominador, sino como víctima. Al compartir nuestra suerte, nos redime.
Nuestra expresión "pecado" viene del latín "peccatum". La raíz etimológica de esta palabra tiene que ver con: pie, caminar, tambalear, caer, traspié o, como decimos en lenguaje popular: "meter la pata".
La expresión de los idiomas nórdico-germánicos (sin, Sünde, synt) hace pensar más bien en: separar, apartar, separación, una quebrada, o el Caño Grande en Estados Unidos. Esta imagen está presente en la parábola del pobre Lázaro en el seno de Abrahán y el rico en el "lugar de los muertos, en medio de los tormentos"; le dice Abrahán: Entre ustedes y nosotros se abre un inmenso abismo; de modo que, aunque se quiera, no se puede atravesar desde aquí hasta ustedes ni pasar desde allí hasta nosotros (Lucas 16,26).
La palabra que usa el nuevo testamento, escrito en griego, es: hamartía (ἁμαρτία). Originalmente viene del tiro al blanco; la flecha no sólo no da en el blanco, sino que ni siquiera llega hasta allá; se queda corta. En poesía tiene que ver con incurrir en un error fatal al intentar hacer lo correcto cuando lo correcto simplemente no puede hacerse.
Eso se ve en la trágica experiencia de los intentos de la humanidad de redimirse a sí misma. Los capítulos de Génesis 4-11 describen cómo los hombres intentaban poner orden en su vida y en el mundo. Sin embargo, se enredaron siempre más. Esto mismo fue la tragedia del comunismo en el siglo 20, a pesar de las buenas intenciones iniciales. Buscaban justicia e igualdad; pero al hacerlo sin Dios en quien no creían, terminaron haciendo mucho más daño que el que querían combatir. Es también la tragedia del "Nuevo orden", la creación de una nueva humanidad y un mundo nuevo - pero creado por el hombre, no por Dios. Con la consecuencia de millones de abortos, millardos de pobres, y la destrucción del ecosistema mundial. A nivel espiritual es la corriente de la Nueva Era donde el mismo hombre se sienta en el trono de Dios. Todos estos intentos están condenados a fracasar porque no cuentan con Dios.
El capítulo 12 del libro génesis nos cuenta cómo Dios toma la iniciativa y entra en la historia; llama a Abrahán que se entrega a su designio. Paralelamente al círculo vicioso de los intentos vanos de autorredención de la humanidad, Dios se hace presente con su acción. Celebramos el adviento como preparación a la venida del salvador definitivo, Jesucristo. En el misterio pascual supera la separación de Dios en su raíz: aceptando la muerte, nos abre el camino de la resurrección. Nos revela que, en la muerte, se manifiesta la vida definitiva. Por eso, el bautismo, la aceptación de este misterio en nuestra vida, es llamado también "iluminación"; porque el que acepta la muerte descubre una nueva vida.
Etty Hillesum nos habla de esto en su diario: En los últimos días han pasado muchas cosas terribles, pero ahora, por fin, algo se me aclaró. Le he mirado a nuestra ruina directamente a los ojos, una ruina que probablemente será miserable, y que ya ha comenzado en muchos pequeños detalles de la vida diaria. Llegó a ocupar un lugar en mi estado anímico, sin que me haya quitado fuerzas. No estoy amargada, no me rebelo. Tampoco estoy desanimada, ni mucho menos resignada. Mi crecimiento sigue inexorablemente, día tras día, incluso teniendo ante los ojos la posibilidad de ser aniquilada. (...) Cuando digo "he hecho un balance de mi vida" quiero decir: tengo claramente presente la posibilidad de la muerte; mi vida experimentó una nueva amplitud por el hecho de que le miro a la muerte a los ojos y la acepto como parte de mi vida. No hay que sacrificarle a la muerte una parte de la vida antes del tiempo, teniéndole miedo y luchando contra ella. La resistencia y el miedo nos dejan apenas un pequeño resto de vida empobrecida y atrofiada, que difícilmente todavía se puede llamar vida. Suena casi como una paradoja: cuando uno reprime la muerte de su vida, ésta nunca estará completa (3 de julio de 1942). La carta a los Hebreos habla de esto mismo: Jesús participó de esa condición (de sufrimiento), para anular con su muerte al que controlaba la muerte, es decir, al diablo, y para liberar a los que, por miedo a la muerte, pasan toda su vida como esclavos (Hebreos 2,14-15). El que trata de evitar la muerte, vive desde sus centros de energía, que son manifestaciones del ego, - y peca.
Jesús no quita "los pecados", en plural, sino "el pecado", en singular. Porque si se tratara solamente de "pecados", nos quedaríamos en las acciones u omisiones y, por lo tanto, en el nivel moral, por no decir moralista. Sin embargo, lo que nos aqueja es mucho más profundo. Estamos enfermos en la raíz. Es el pecado o, como diría el P. Keating, nuestra condición humana que nos mantiene separados de Dios.
Este enfoque, equivocadamente moralista, llevaría a otra distorsión: el miedo al castigo. En nuestro inconsciente estamos manejando mucho la categoría del castigo. Es un criterio pagano que tiene que ver con la venganza. En el antiguo testamento se usa más bien como la manera en que Dios educa a su pueblo. Incluso en ambientes cristianos se usa muchísimo, y a veces con mucha autoridad. Por ejemplo, la Virgen que dice en una (supuesta) aparición que rezáramos mucho e hiciéramos muchos sacrificios porque "ya no puede aguantar el brazo de su Hijo que está extendido para castigar a la humanidad". Éstas pueden ser maneras muy sutiles de orgullo, como el del fariseo en el templo que se compara - favorablemente - con el publicano. Es este deseo inconsciente de ver a los malos castigados porque - claro está - nosotros nos creemos buenos.
Jesús, al final del sermón de la montaña, pone otro enfoque: Así pues, quien escucha estas palabras mías y las pone en práctica se parece a un hombre prudente que construyó su casa sobre roca. Cayó la lluvia, crecieron los ríos, soplaron los vientos y se abatieron sobre la casa; pero no se derrumbó, porque estaba cimentada sobre roca. Quien escucha estas palabras mías y no las pone en práctica se parece a un hombre tonto que construyó su casa sobre arena. Cayó la lluvia, crecieron los ríos, soplaron los vientos, golpearon la casa y ésta se derrumbó. Fue una ruina terrible (Mateo 7,24-27). Su ruina no fue un castigo de Dios, sino la consecuencia de su falta de previsión. Somos nosotros mismos los que sufrimos las consecuencias de los desequilibrios ecológicos que causamos, o de la forma poco sana de vivir. Lo que dice Jesús podríamos aplicar hoy a desastres naturales que simplemente ocurren: lluvias torrenciales con deslaves, huracanes, terremotos, tsunamis, erupción de volcanes.
La idea del castigo no es cristiana. Es parte del pecado porque mantiene la separación afectiva entre el hombre y Dios. No nos capacita para el amor. Pero Dios no castiga. Y cuando el nuevo testamento habla de castigos, habrá que distinguir entre el mensaje que quiere transmitir, y el lenguaje que usa para que los entienda la gente que todavía tiene esta mentalidad. Pero el mensaje central está claro: Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que quien crea en él no muera, sino tenga vida eterna. Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por medio de él. El que cree en él no es juzgado; el que no cree ya está juzgado, por no creer en el Hijo único de Dios. El juicio consiste en esto: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz (Juan 3,16-19). O, como dice el apóstol Pablo: ¿Quién acusará a los que Dios eligió? Si Dios absuelve, ¿quién condenará? ¿Será acaso Cristo Jesús, el que murió y después resucitó y está a la diestra de Dios y suplica por nosotros? (Romanos 8,33s)
Jesús quita el pecado "del mundo", en griego "cosmos". Esta palabra se puede referir al mundo y también a la sociedad, en cuanto están organizados, en orden, equilibrados. Hoy sabemos cómo el pecado influye y causa los desequilibrios ecológicos y desajustes en las sociedades.
No dice que "perdona" el pecado, sino que lo "quita". Jesús quita esta separación de Dios, restableciendo el acceso al Padre y la relación con Él. Para que veamos la importancia de este detalle, les contaré una anécdota: hace muchos años alguien me habló de los sufrimientos y traumas de su niñez y adolescencia, su emigración después de la guerra mundial y la adaptación a un nuevo ambiente; una persona bastante traumatizada. Estudió sicología, especializándose en la corriente C. G. Jung. Para poder practicar su profesión debía someterse él mismo a un análisis completo. Y me dijo, "Padre me he analizado cuatro años y medio; conozco todas las facetas de mi vida interior, pero ¡NO ME QUIERO!" Vemos que la sicología es muy útil, pero no puede todo. Necesita la relación con el Dios - Amor. Ésta es precisamente la experiencia de Jesús en el bautismo: se abrió el cielo; Dios le sale al encuentro y le dice: Eres mi hijo amado. Así restablece la relación y comunicación con nosotros. El hombre, por sí sólo, no puede. La iniciativa es de Dios.
El hecho de que Jesús haya quitado el pecado del mundo trae como consecuencia que el perdón de los pecados, como lo practicamos en la iglesia, siempre es posible. Ya no se queda reducido al cumplimento de mandamientos, sino al restablecimiento de una relación personal.
Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros.

jueves, 1 de diciembre de 2016

El Reino de Dios está dentro de Uds.


Mártires Coptos
Si yo expulso los demonios con el dedo de Dios, es que ha llegado a ustedes el reino de Dios. Mientras un hombre fuerte y armado guarda su casa, todo lo que posee está seguro. Pero si llega uno más fuerte y lo vence, le quita las armas en que confiaba y reparte sus bienes (Lucas 11,20-22).
Lo sabemos por experiencia: justo cuando nos disponemos a orar, cuando nos ponemos en la presencia de Dios, entonces es cuando nos vienen a la mente toda clase de pensamientos. Como que quieren desviar nuestra atención. En parte, esto es normal porque, cuando nos dirigimos a Dios no podemos aferrarnos a algo concreto, a una imagen o idea específica de Él. Experimentamos una especie de vacío, y nuestra mente se encarga rápidamente de llenarlo. Es la experiencia de Jesús en el desierto, la experiencia de los primeros monjes y padres del desierto, de todos los que, a lo largo de los siglos, han buscado la soledad, y es nuestra experiencia en la oración centrante. A veces es como un verdadero bombardeo de pensamientos, sensaciones y emociones lo que nos quiere sacar de nuestro centro. Y, como sabemos, casi siempre son pensamientos que provienen de nuestro ego, de los miedos y deseos de nuestra condición humana. Es algo que parece querer dominarnos; muchas veces nos cuesta volver a nuestro propósito inicial. Los antiguos monjes veían estos pensamientos como "demonios".
Conocemos esta misma presencia de los demonios en la Vida de San Benito de Nursia; cuando se muda de Subiaco a Monte Casino, ellos aparecen en lo que antes había sido un lugar de cultos paganos. San Gregorio Papa, el autor, lo dice con una frase lapidar: cambió de sitio, mas no de enemigo. Dondequiera que aparezca una persona unida a Dios, aparecen también los demonios pero, como en el caso de San Benito, al final se ven obligados a retroceder.
La palabra "demonio" viene del griego clásico daimon (δαίμον), que es una deidad intermedia. Está sometida a los dioses del Olimpo, pero es más fuerte que el hombre. Puede estar a favor del hombre; entonces es como un genio que lo conduce, una habilidad o buena costumbre que le facilita las cosas. O es hostil al hombre y quiere dañarlo; entonces es como un vicio que lo domina.
Fue el psicólogo C. G. Jung quien descubrió que los dioses de la mitología griega reflejan fuerzas inconscientes de nuestra psique, que él llama "arquetipos". Estos arquetipos influyen en nuestra vida desde el inconsciente. Éste es desconocido para nosotros, como un iceberg cuya mayor parte (hasta 90%) está sumergida en el agua. Mientras no las hagamos conscientes, simplemente serán fuerzas que afirmarán y defenderán nuestro ego y - a la larga - nos harán daño. El mismo Jung dice: "Hasta que el inconsciente no se haga consciente, el subconsciente seguirá dirigiendo tu vida. Y tú lo llamarás destino". Y también: "Aquello a lo que te resistes, persiste". Hoy podríamos hablar de "lo que nos domina", adicciones, malas costumbres, la "condición humana".
El nuevo Testamento usa esta misma palabra "demonio" para ir al grano: describe estas fuerzas a la luz de Cristo. Deja claro que el hombre, por sí solo, es indefenso frente a ellas. Estas fuerzas siempre quieren hacernos daño porque nos esclavizan. Cuando un espíritu inmundo sale de un hombre, recorre lugares áridos buscando descanso, y no lo encuentra. Entonces dice: Me vuelvo a la casa de donde salí. Al volver, la encuentra deshabitada, barrida y arreglada. Entonces va, se asocia a otros siete espíritus peores que él, y se meten a habitar allí. Y el final de aquel hombre resulta peor que el comienzo. Así le sucederá a esta generación malvada (Mateo 12,43-45).
Por eso, en el lenguaje de hoy en día, la palabra "demonio" es prácticamente sinónimo con "diablo" ("Διάβολος - diábolos" - es el que confunde, que "vende gato por liebre") o "satanás" (en griego: Σατανᾶς, del hebreo: שָּׂטָן satán, "adversario"). Es sólo Cristo quien puede darnos la libertad. Por eso, nuestra libertad no es absoluta; siempre estamos al servicio de alguien. La cuestión es, ¿de quién? ¿De uno que nos esclaviza para malograr nuestra vida, o de Dios que nos transforma según su imagen y semejanza, y nos invita a consentir a este proceso? Esta segunda opción nos da felicidad y vida, una vida que la biblia llama "vida eterna, definitiva". Cuando consentimos a la presencia del más fuerte, el demonio ya no tiene nada que buscar. Nos sometemos al gobierno de Dios; su Reino ha llegado a nosotros.
Los antiguos monjes hablaban de "estrellar los pensamientos nacientes contra la roca que es Cristo". Para evitar la impresión de una lucha o de violencia, yo prefiero hablar de dejar morir estos pensamientos por inanición, como unos niños recién nacidos que no son atendidos. Así lo hacemos, cuando en la oración centrante no hacemos caso a los pensamientos y simplemente regresamos a nuestra palabra sagrada o, en nuestra vida diaria, a nuestro propósito original. Los pensamientos se estrellan contra nuestra relación con El Más Fuerte. No son atendidos.
Si no estrellamos los pensamientos contra Cristo,
tarde o temprano serán ellos los que nos estrellarán a nosotros contra Cristo.
Es muy importante no alimentar los pensamientos porque nos pueden contaminar el corazón. Y, del corazón salen malas intenciones, asesinatos, adulterios, fornicación, robos, falso testimonio, blasfemia. Esto es lo que hace impuro al hombre y no el comer sin lavarse las manos (Mateo 15,19-20).
Etty Hillesum es muy lúcida en este punto. Escribe en su diario, no veo otra solución, realmente no veo ninguna otra solución que la de barrer en nuestro propio centro y erradicar allí todo lo podrido. Ya no creo en que podemos mejorar algo en el mundo exterior que no tengamos que mejorar primero en nosotros. Esto me parece ser la única enseñanza que nos deja esta guerra: el haber aprendido a buscar el mal únicamente en nosotros y en ninguna otra parte (19 de febrero de 1942).
Y pocos días más tarde escribe: Además, esta mañana: el sentimiento muy fuerte de que, a pesar de todo el sufrimiento y toda injusticia que pasa en todas partes, yo no puedo odiar a los hombres. Y que todo lo espantoso y horrible que está pasando no es algo misterioso amenazante y lejano fuera de nosotros, sino que está muy cerca de nosotros, en nosotros, que sale de nosotros los hombres. Por eso me es mucho más familiar y no infunde tanto miedo (27 de febrero de 1942).
Pero no se queda solamente hablando del mal que descubre en sí misma. Avanza hasta el fondo: Hay en mí un pozo muy profundo. Y en ese pozo está Dios. A veces consigo llegar a él, pero lo más frecuente es que las piedras y escombros obstruyan el pozo, y Dios queda sepultado. Entonces es necesario volver a abrir el pozo (25 de agosto de 1941). Nosotros llamamos esto la inhabitación de la Santísima Trinidad. La práctica de la oración centrante es este trabajo de abrir una y otra vez este pozo profundo en nosotros para despejar nuestro acceso a Dios.

lunes, 28 de noviembre de 2016

Esperando el Reinado de Dios


En tiempos de Jesús era común que la gente esperara la llegada del Mesías o del Reino de Dios. Esto estaba "en el aire". Lucas nos dice que, cuando el Señor se acercaba a Jerusalén: ellos creían que el reino de Dios se iba a revelar de un momento a otro (Lucas 19,11). Pero no pasó nada de lo que ellos esperaban; al contrario, Jesús murió. El reino de este mundo triunfó y quedaba a sus anchas. Tampoco la resurrección de Jesús cambió esta expectativa. Justo antes de su ascensión, estando ya reunidos le preguntaban: Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar la soberanía de Israel? Él les contestó: No les toca a ustedes saber los tiempos y circunstancias que el Padre ha fijado con su propia autoridad. Pero recibirán la fuerza del Espíritu Santo que vendrá sobre ustedes, y serán testigos míos en Jerusalén, Judea y Samaría y hasta el confín del mundo (Hechos 1,6-8). Con esto, Jesús da a entender que la llegada del Reino será muy diferente de lo que la gente esperaba.

Dice Paul Lebeau: Según sus propios criterios, el hombre busca espontáneamente a su dios mirando hacia el poder. Le resulta difícil no proyectar en Dios aquel poder que él mismo no tiene, pero que fascina su imaginación y sus sueños1. Las religiones tienen que ver con eso. También la iglesia, a lo largo de los siglos, ha recaído a veces en este error, con la triste consecuencia de guerras "en nombre de dios". Incluso hoy en día, cuando creemos que hemos aprendido algunas lecciones, esta mentalidad todavía está presente en muchas prácticas religiosas: rezos, devociones, sacrificios y ritos, casi mágicos: todo para conseguir un favor, con el intento de ejercer cierta influencia sobre Dios. Buscamos la salvación desde fuera. Lo vemos en las sociedades cuando se espera la solución de un problema mediante el cambio de gobierno. En las democracias, eso lleva a veces al "voto castigo" - que no es la mejor solución. Porque los problemas siguen o sólo se desplazan a otra parte.

Esta mentalidad y este enfoque sufrieron una crisis enorme a raíz de la segunda guerra mundial y el holocausto. Etty Hillesum, ya sabiendo claramente lo que sufría su pueblo, y lo que tarde o temprano le vendría encima a ella personalmente, lo pone así en su diario: ¿Acaso no es una actitud casi atea - blasfema - creer en tiempos como estos todavía tanto en Dios? (2 de julio de 1942). Y, terminada la guerra, y conociéndose la magnitud del extermino de los judíos, Richard Lowell Rubinstein, lo puso así: Después de Auschwitz, ya no hay Dios2. Aquí resuena el grito de Jesús en la cruz: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? (Mateo 27,46). Es la pregunta que tantos se han planteado: ¿dónde estaba Dios en todo este sufrimiento?

Hace mucho tiempo escuché una anécdota: durante la época de aquellos horrores lanzaron un niño al crematorio. Alguien preguntó, ¿dónde está Dios aquí? Y otro le contesta: allí, en este niño. No sé si esto ocurrió realmente así, o si es solamente un intento de dar una respuesta a nuestra pregunta. En todo caso, nos puede ayudar a replantear nuestra inquietud, cambiando la pregunta: ¿En qué Dios estamos creyendo?

Etty, como estaba sufriendo todo en carne propia, es una testigo calificada que puede hablarnos con autoridad; ella escribe: Alguien tendrá que sobrevivir, para dar testimonio más tarde de que Dios, incluso en este tiempo, todavía estaba con vida (27 de julio de 1942). Veremos más adelante cómo ella concibe esta presencia de Dios en medio del holocausto. Ya al comienzo de su camino espiritual llega a una conclusión importante: La barbarie nazi despierta en nosotros exactamente la misma barbarie. Si hoy en día pudiéramos hacer lo que quisiéramos, usaríamos los mismos métodos. Debemos rechazar esta barbarie de nuestro corazón, no debemos cultivar este odio en nosotros; porque si no, sería imposible sacar este mundo del fango. (15 de marzo de 1941).

Casi año y medio más tarde anota en su diario la conversación que tuvo con un antiguo amigo, trotskista militante, que creía en la lucha de clases. Le insiste en que "no logramos nada con este odio... Es lo único y lo único. No veo otro camino: cada uno debe entrar en sí mismo y extirpar y eliminar en sí mismo todo aquello por lo cual cree que debe eliminar a otros. Debemos estar convencidos de que el más mínimo átomo de odio que añadimos a este mundo lo hace más inhóspito de lo que es". Y él, perplejo y maravillado a la vez, me dice, "Sí, ¡pero esto, esto sería cristianismo!" Y yo, divertida por su confusión repentina, le contesté serenamente: ¡Cristianismo! Sí, y ¿por qué no? (23 de septiembre de 1942).

Con esto, Etty tiene la misma intuición que tenían los monjes antiguos: en vez de involucrarse en las luchas del mundo de fuera, miraban hacia dentro. Un ejemplo de esto es San Benito de Nursia (480-547). Vivía en una época sumamente turbulenta. Pero se enfrentó con las turbulencias en su propio corazón. Allí están nuestros demonios. Pero también, en lo más profundo, está Dios. Porque el Reino de Dios está dentro de Uds. (Lucas 17,21).

1 Paul Lebeau, Das suchende Herz. Der innere Weg von Etty Hillesum (El corazón que busca. El camino interior de Etty Hillesum), pg. 168.
Etty Hillesum, nacida el 15 de enero de 1914, una joven holandesa que, por ser judía, fue llevada al campo de concentración en Auschwitz donde fue asesinada en las cámaras de gas el 30 de noviembre de 1943, teniendo apenas 29 años de edad. Se había criado sin prácticas religiosas. A comienzos de 1941 conoció a un sicólogo, también judío, quien le sugirió que escribiera un diario espiritual, que leyera, entre otros libros cristianos, también la biblia, incluyendo el nuevo testamento, y que orara. A partir de esta fecha comienza un crecimiento espiritual acelerado que llega a profundidades místicas, sin que esto la haya llevado a relacionarse ni con la sinagoga ni con la iglesia - quizá por la muerte tan prematura. A lo largo de este adviento volveré a referirme a ella, citando de su diario.


2 ib. pg. 287

sábado, 26 de noviembre de 2016

Fidel Castro y sus "jueces"


Estamos comenzando el Adviento, la preparación para celebrar la venida de nuestro Salvador al mundo - ¡por enésima vez en dos mil años! Pero parece que todavía nos cuesta enormemente vivir el mensaje de perdón e integración que Jesús - "Dios salva" - nos trajo.
Murió Fidel Castro. En un momento de estos hay valoraciones políticas e históricas del personaje. Esto es normal. También es normal que cada uno lo haga desde su punto de vista. Hay comentarios de admiración y otros de luto. Pero en las redes vi también muchas expresiones de desprecio, de condena, de desearle el peor de los infiernos. ¡Y eso de parte de gente que se considera cristiana!
Aquí no hago una valoración histórica - eso es tarea de otra gente. Tampoco me compete juzgar a la persona de Fidel Castro. El único juez, más allá y por encima de lo que digan los historiadores, es Cristo. Precisamente allí está el detalle: ¿quién ha nombrado a esta gente jueces de Fidel? ¡Nadie! Son jueces autodesignados, sin ninguna competencia. Son criaturas de Dios, igual que Fidel, y serán juzgados por el mismo juez: Dios. Y según los mismos criterios que ellos aplican. El evangelio es claro: No juzguen y no serán juzgados. Del mismo modo que ustedes juzguen se los juzgará. La medida que usen para medir la usarán con ustedes (Mateo 7,1-2).
Tengamos presente una distinción: Juzgamos los hechos, pero no a la persona. Dios detesta el pecado, pero no al pecador. Recordemos que Jesús no se alegró por la ruina de Jerusalén, sino que lloró sobre ella. Nadie sabe lo que pasa entre Dios y el hombre en este encuentro definitivo que es la muerte. Si alguien despotrica contra una persona desde la trinchera segura de su red social, en el fondo tiene la misma mentalidad que la persona a la que condena. Sólo que por alguna razón no puede hacer lo mismo. Pero si tuviera el poder y los medios, lo haría. Por eso, las revoluciones, en el fondo, no resuelven nada. Porque quieren mejorar las cosas con la misma mentalidad que las empeoró. La historia da muchas vueltas. En algunas áreas hay progreso. Pero en lo humano hay un empobrecimiento enorme.
El mensaje de Jesús, junto con su ejemplo, es la única manera de romper este círculo vicioso. Preparémonos en este adviento para recibir de nuevo a nuestro Salvador que trajo el perdón de nuestros pecados, y que con su humanidad nos enseña lo que significa realmente ser hombre.

miércoles, 26 de octubre de 2016

El Testimonio de Etty Hillesum


Etty Hillesum (1914 - 1943)
La situación en nuestro país se pone cada día peor, y se la considera altamente explosiva. En la entrada anterior a este blog hablé de la fidelidad a Dios. La iglesia hizo llamados a la no-violencia. Quizá uno puede pensar que esto es lo que tiene que hacer la iglesia. Pero, al fin y al cabo, la realidad es otra.
Por eso dejaré hablar aquí a una mujer joven que estuvo en una situación mucho peor que nosotros: Etty Hillesum (15 de enero de 1914 - 30 de noviembre de 1943), una holandesa que, por ser judía, sufrió todos los hostigamientos progresivos de los nazis, hasta ser transportada a Auschwitz donde murió a los 29 años de edad en una cámara de gas. Era una mujer muy lúcida e inteligente, y sabía lo que le venía encima. La familia no había practicado su religión. Etty, por la sugerencia de alguien, comenzó en 1941 a orar y a leer la biblia, incluyendo el nuevo testamento. A partir de allí, ella experimentó un crecimiento espiritual muy profundo que le permitió ver el exterminio sistemático de su pueblo con otros criterios. En lo sucesivo citaré (en cursiva) partes de su diario que comenzó a escribir desde comienzos de 1941. Dejaré hablar a esta testigo, y haré sólo unos pocos comentarios.
A veces da pena leer en las redes sociales cómo los que reclaman tanto la libertad y los derechos en Venezuela, incurren en los mismos insultos y descalificaciones que oímos desde el lado de algunos gobernantes. Cuando Etty ve que la situación de persecución de los judíos despierta en algunos de su gente los instintos más bajos, escribe: La barbarie nazi despierta en nosotros una tendencia igual. Si hoy en día tuviéramos las posibilidades, aplicaríamos los mismos métodos. Debemos rechazar esta barbarie en nuestro corazón, no debemos cultivar este odio en nosotros, porque no ayuda a volver a sacar este mundo del abismo.
Igual que aquí muchos creen que un cambio de gobierno resolverá todo, los judíos en la época de Etty esperaban que la invasión de los ingleses o americanos los liberaría de su triste futuro. Pero, después de estar clara de que hay que abandonar toda esperanza en el mundo exterior, ella indica el camino: la vida interior. No veo otra solución ... que la de dirigirse a su propio interior, y erradicar allí todo lo malo. Ya no creo en que podamos mejorar algo en el mundo exterior mientras no nos hayamos mejorado en nuestro interior. Esto me parece ser la única enseñanza que nos deja esta guerra: el haber aprendido a buscar el mal únicamente en nosotros y en ninguna otra parte.
Y sigue precisando: No son las circunstancias exteriores; siempre es el sentimiento dentro de mí, desánimo, inseguridad, o lo que sea, lo que da a las circunstancias exteriores un carácter triste o amenazante. Conmigo las cosas funcionan desde dentro hacia fuera, nunca desde fuera hacia dentro. Las disposiciones más amenazantes - y hay más que suficientes de éstas - se estrellan la mayoría de las veces contra mi seguridad interior y mi confianza y, cuando las he asimilado interiormente, pierden mucho de su carácter amenazante. Recordemos lo que dice San Pablo usando un lenguaje netamente cristiano: Si Dios está de nuestra parte, ¿quién estará en contra? (Romanos 8,31).
Con su mente aguda describe otra faceta de este proceso: Hay que vivir consigo mismo (negritas mías) como si se viviera con los habitantes de todo un pueblo. Entonces uno viene conociendo todas las características buenas y malas de la gente. Y primero hay que perdonarse a sí mismo las propias características malas, cuando uno quiere perdonar a otros. Eso será lo más difícil que tiene que aprender una persona; lo constato muchas veces en otros: perdonarse a sí mismo sus faltas y errores. Eso implica en primer término: poder reconocer y aceptar con magnanimidad que uno comete faltas y errores.
Eso me recuerda a San Benito que habitó consigo mismo en la cueva de Subiaco. Dice San Gregorio Magno: este venerable varón habitó consigo mismo, porque teniendo continuamente los ojos puestos en la guarda de sí mismo, viéndose siempre ante la mirada del Creador, y examinándose continuamente, no salió fuera de sí mismo, echando miradas al exterior. Al conocernos a nosotros mismos, nos hacemos más perceptivos a lo que les pasa a los demás.
Según Etty, otro aspecto de este crecimiento interior es muy importante: Para una humillación se necesitan dos personas: una que humilla y otra a quien se le quiere humillar o, especialmente: quien se deja humillar. Si no hay esto último, es decir, si el lado pasivo es inmune contra cualquier humillación, entonces las humillaciones se esfuman. Lo que queda son disposiciones molestas que influyen en la vida diaria, pero no representan ninguna humillación que pueda amenazar al alma. Habrá que educar a los judíos a asumir esta actitud. Y sigue diciendo en otra parte: En último término, lo que importa es cómo uno sobrelleva y aguanta el sufrimiento que juega un papel esencial en esta vida, y cómo se lo procesa interiormente, y que uno rescate y salve una parte de su alma de en medio de todo esto.
Es comprensible que haya habido gente que buscaba escaparse de este destino, diciendo: A mí no me tendrán en sus garras. Y comenta Etty: Se olvidan de que uno no está en las garras de nadie cuando está en los brazos de Dios.
Su confianza en Dios había crecido muchísimo: Una cosa es segura: Hay que asumir interiormente todo, hay que estar preparado para todo, y hay que saber que no se nos puede quitar lo último en nuestro interior. Con la tranquilidad que uno alcanza de esta manera, puede dar los pasos prácticos que sean necesarios. No cavilar con angustia, sino pensar con tranquilidad y claridad. En el momento decisivo sabré lo que tenga que hacer.
Cuando por fin se entera de la magnitud del plan de los nazis contra los judíos que, tarde o temprano incluirá a ella, desde su madurez espiritual escribe: por supuesto, ¡es el exterminio total! Pero llevémoslo con dignidad.
He citado extensamente del diario de esta joven extraordinaria porque ella, sí, puede hablarnos con autoridad. Ella vino de un ambiente secularizado. Quizá por falta de ocasión, nunca estuvo relacionada ni con la sinagoga ni con la iglesia. Pero, por su camino interior, su oración y sus reflexiones extensas (un diario de ¡800 páginas!), alcanzó una gran profundidad espiritual. Durante el transporte desde el campo de concentración hacia el campo de exterminio dejó caer del tren una postal que llegó a sus amigos, y donde dice entre otras cosas: Salimos del campo cantando.
El sufrimiento de nosotros en Venezuela, aunque muy serio, no es tan extremo. Además, la gran mayoría somos cristianos. Lo que, sí, nos hace falta es tomar esta fe en serio. No sólo como una costumbre, sino como un camino, una decisión, una relación personal con Dios. Mientras no hagamos esto, por más que se cambie un gobierno, o un sistema económico, por más dinero que entre al país, no cambiará nada. No es la situación y las circunstancias exteriores que deben cambiar: ¡son nuestros corazones!

domingo, 16 de octubre de 2016

Libres de Temor


Hace poco alguien me envió el libro digital de David Placer, Los Brujos de Chávez. Es una investigación periodística que muestra no sólo el lado más oscuro del difunto presidente de Venezuela, sino implícitamente también el de nuestro pueblo en general. Basado en entrevistas con testigos presenciales, el autor describe con lujo de detalles el recurso de Chávez a toda clase de brujería, santería y otros ritos, para conseguir el poder y mantenerse en él. Chávez murió, pero el hechizo sigue. El libro termina informando que Chávez, recién graduado de la academia militar, enterró su sable siguiendo un rito esotérico, con la finalidad de conseguir todo el poder. Era el momento en el que Hugo Chávez estaba sembrando su lucha. Los espíritus y las cortes espirituales más activas del país velarían porque aquella espada venciera a los enemigos, sometiera a los adversarios y permitiera el triunfo de aquel soldado de la patria, hijo de Guaicaipuro y de Bolívar, de Maisanta y de Zamora, del Negro Primero y de Simón Rodríguez.
Desde entonces, el camino se había allanado para Hugo Chávez... Algunos están convencidos de que la salida del chavismo no pasará por la agitación callejera ni por un proceso electoral. El fin del régimen que ha acumulado el mayor poder en toda la historia democrática venezolana sólo se consumará con la destrucción de ese conjuro. Y no hay duda de que un simple cambio de gobierno no resolverá el problema de fondo que tiene a nuestro país sumido en la miseria. Hay que destruir este conjuro. Pero, la cuestión es, ¿cómo se lo destruye? Los pocos entrevistados que conocen este hecho dicen que, para que Chávez descanse, para que el país vuelva a ser el de antes, hay que desenterrar esa espada (Pg. 208). Pero, esto tampoco puede ser la solución porque desenterrando este sable sólo se desplazaría el problema: destruyendo las consecuencias de un rito maligno con otro igual; expulsando al diablo con Belzebú.
Antes de responder desde el evangelio, quisiera mencionar otra situación, semejante, pero más grave todavía: En Haití, donde prolifera el culto vudú, se suceden periódicamente las desgracias: huracanes y terremotos fuertes. Algunos lo ven como consecuencia de la consagración del país al demonio, hecha el 20 de agosto de 1791 por 200 años, ofreciéndole adoración; a cambio pedían la liberación de los lazos opresores de sus amos los blancos franceses. Esta consagración fue renovada el 1er de enero de 2005 por otros 200 años. Es, hasta donde yo sepa, el único país del mundo que está consagrado expresamente al demonio. Y noten bien: no digo "castigo", sino "consecuencia". Dios no castiga. Además, al lado está la República Dominicana que es un país mucho más próspero. Parece que tiene que ver más bien con los hombres.
Volvamos a Venezuela: Por la solicitud del arzobispo de Caracas, nuestro país fue consagrado a perpetuidad al Santísimo Sacramento el 2 de julio de 1899. Hasta ahora, somos el único país del mundo con esta consagración. No tenemos huracanes ni volcanes ni tsunamis; los terremotos no son tan devastadores como en otros países. La naturaleza nos ha dado inmensas riquezas. Sin embargo, ¡también estamos mal! Una situación que se está volviendo intolerable - ¡por obra del hombre! Y, de qué sirve entonces la consagración?
En el artículo sobre Haití hay una frase que nos puede dar una pista para responder a esta pregunta: era esta una ceremonia “de pacto” con el Demonio, donde en nombre de todo el pueblo haitiano, (el poderoso sacerdote vudú) consagraba su país Haití y sus moradores al Diablo (negritas mías). Allí está el detalle: Nadie puede decir o hacer algo en mi nombre si yo no lo autorizo expresamente o, después del hecho, le doy expresamente mi consentimiento. Esto no aplica solamente a la consagración al demonio, sino también a la consagración al Santísimo Sacramento. Dicen que el que calla, otorga. Sin embargo, esto no se puede aplicar a la consagración al Santísimo Sacramento, porque la adhesión a Dios siempre es una decisión consciente, no sólo un consentimiento bajo presión o por inercia. No podemos identificarnos simplemente con una multitud. La iglesia no es una masa, sino una comunidad que se funda sobre Cristo y la fe de CADA UNO en Él.
Esto significa que cada uno está invitado a tomar consciencia de la situación y de tomar la decisión de hacer suya de consagración al Santísimo Sacramento. Eso implica la renuncia a cualquier otro recurso, como la brujería, santería, palería, etc. Porque Dios es celoso. Mientras no pongamos TODA nuestra confianza en Él, sino dejando otras puertas abiertas - "por si acaso" -, no gozaremos de su protección.
Por supuesto, todas estas prácticas malignas tienen como fundamento el miedo. Dice el artículo sobre Haití: Es muy difícil salir de esta religión, así cuando un miembro de la familia se arrepiente porque llega a conocer el mensaje del evangelio, la familia llega a ser un blanco perfecto como víctima de Satanás: enfermedades, ruina, muerte inexplicable de algún miembro, ropa destrozada antes de ir a la iglesia, accidentes, etc. Esta táctica del terror y del miedo que el demonio utiliza surte sus efectos, la persona cede y vuelve atrás ante el temor de sufrir más maldiciones.
Ante esta situación hubo intentos, humanamente comprensibles, para erradicar esta religión: De 1915 hasta 1935 los Estados Unidos ocupaban la isla. Después de la retirada de las tropas estadounidenses en 1935, el gobierno haitiano luchó para erradicar estas prácticas, imponiendo penas de prisión y multas dinerarias, pero todo ello consecuencia de la poderosa influencia que tenía EEUU en los años de intervención de sus marines. El mal reprimido volvió con más fuerza.
La represión no es el camino.
La única salida es nuestra fe inquebrantable en Jesucristo. Es el diablo quien nos infunde miedo porque esto le facilita "pescar en río revuelto". Cuando Dios se manifiesta al hombre, siempre dice "no temas". Dios da paz y tranquilidad; inspira confianza. Por eso, el que te inspira miedo, el que te engaña y manipula, nunca viene en nombre de Dios, ni quiere tu bien.
Por supuesto, el mal puede hacernos daño. Pero como dice el Señor, no teman a los que matan el cuerpo y después no pueden hacer nada más. Yo les indicaré a quién deben temer: teman al que después de matar tiene poder para arrojar al infierno (Lucas 12,4-5). La carta a los Hebreos habla de los que, por miedo a la muerte, pasan toda la vida como esclavos (Hebreos 2,15).
Se sabe que no es tan fácil salir de estas costumbres. La gente que sale se ve muchas veces acosada por temores, la sensación de una presencia maligna y siniestra, o por el susto que causan otros fenómenos. Es importante el acompañamiento de un hermano en la fe o un sacerdote que fortalezca a la persona convertida en su fe, y ore por ella y con ella. En casos extremos habrá que recurrir a un exorcismo; pero no conviene precipitarse a ello. Y es muy importante recordar una cosa: ¡con el demonio no se habla! Éste fue el error de Eva. Él no se merece que un hijo de Dios, que somos nosotros, le dirija la palabra. Se le aplica le "ley del hielo". Nosotros hablamos con Dios; Él sabrá cómo encargarse de esta presencia nefasta de una manera muy efectiva.
Además: recordemos que en lo más profundo de nuestro ser Dios está presente - ¡desde nuestra concepción! Y que nunca se fue; somos nosotros los que nos hemos alejado. Pero el hecho de la presencia de Dios en nosotros nos invita al regreso y lo facilita. Él siempre está allí con los brazos abiertos. Somos suyos. Y Él no permitirá que le arrebaten lo suyo.
Tengamos presentes lo que dice San Pablo a los Efesios: Fortalézcanse con el Señor y con su fuerza poderosa. Vístanse la armadura de Dios para poder resistir los engaños del Diablo. Porque no estamos luchando contra seres de carne y hueso, sino contra las autoridades, contra las potestades, contra los soberanos de estas tinieblas, contra las fuerzas espirituales del mal. Por tanto, tomen las armas de Dios para poder resistir el día funesto y permanecer firmes a pesar de todo. Cíñanse con el cinturón de la verdad, vistan la coraza de la justicia, calcen las sandalias del celo para propagar la Buena Noticia de la paz. Tengan siempre en la mano el escudo de la fe, en el que se apagarán los dardos incendiarios del maligno. Pónganse el casco de la salvación, y empuñen la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios (Efesios 6,10-17).
Abajo encuentran una imagen que resume lo que digo: Dios nos ama y nos bendice. El adversario (Satanás) nos quiere maldecir. Pero yo tengo la libertad de decidir a quien le creo. El que cree en él (el Hijo de Dios) no es juzgado; el que no cree ya está juzgado, por no creer en el Hijo único de Dios (Juan 3,8). Cada uno está invitado a asumir su responsabilidad, para decidir si quiere hacer caso a los hechizos, o a la Palabra salvadora de nuestro Señor. La decisión es EXCLUSIVAMENTE tuya.