Un santo de rodillas ve más lejos que un filósofo de puntillas. (Corrie ten Boom)

viernes, 10 de febrero de 2017

Mujeres Presencia Amor


A lo largo del Evangelio de Marcos se percibe cómo Jesús es abandonado progresivamente por todos (Marcos 3,6: los fariseos y herodianos; 6,4-6: la sinagoga de Nazaret; 11,18 y 14,1-3: los sumos sacerdotes y letrados; 14,10-11: uno de los doce; 14,50-52: todos sus discípulos, incluso un joven que huye desnudo). Hasta que, al final, termina en las manos y a merced de sus enemigos. Ya no se puede hacer más nada por Él.
Sin embargo, dentro de esta situación tan triste hay un mensaje muy alentador e importante para todos nosotros. Lo explicaré un poco más detalladamente: la segunda parte del evangelio de Marcos es en grandes líneas un texto anterior que se escribió unos cuatro años después de la muerte y resurrección de Cristo, y que Marcos incorporó en su evangelio, ampliándolo ligeramente. Está escrito en trece trípticos. Las tres partes de cada tríptico están unidas por un tema o motivo común. El último tríptico nos habla del misterio pascual: la muerte, sepultura y resurrección del Señor. Cada una de estas tres partes tiene como eslabón la presencia de las mujeres. Es una presencia y actividad amorosa en medio de la impotencia frente a los hechos consumados de una situación tan dolorosa. Durante la muerte estaban allí mirando a distancia (Marcos 15,40); y en la sepultura observaban dónde lo habían puesto (Marcos 15,47). No pueden hacer nada, pero están presentes.
Finalmente, el primer día de la semana compraron perfumes para ir a ungirlo (Marcos 16,1). Fue el último gesto de amor que podían hacer con el difunto. Hicieron lo que podían. Pero estaban preocupadas por el obstáculo de la piedra enorme que les cerraba el paso al lugar donde iban a embalsamar el cuerpo de Jesús. Cuando llegaron, ¡la piedra estaba removida! ¡El cuerpo no estaba! En vez de poder hacer lo que se habían propuesto, el resucitado les salió al encuentro y les dio otra misión: ¡vayan y digan! (Marcos 16,7).
Eso fue un cambio muy radical; Dios no permitió que pudieran cumplir con su propósito, sino que les dio una tarea nueva, mucho más importante, la misión de ser testigos. Se puede decir que Dios no miró su idea equivocada, la de embalsamar un cadáver, sino que respondió a su motivación que era buena; lo hacían por amor.
Dios no se fija tanto en nuestros proyectos - estos pueden fracasar por ser equivocados. Él se fija en nuestro corazón, en lo que realmente queremos hacer, en nuestro grado de amor. Si éste es nuestra motivación, no importa lo equivocado que pueda ser lo que nos proponemos, Dios siempre lo cambiará y lo perfeccionará para incorporarlo a sus planes. Los obstáculos serán removidos y encontraremos una situación totalmente nueva donde nuestro amor podrá actuar.
Hace muchos años leí una frase muy bella: orar es hacerse presente a una Presencia. Podemos tener muchas inquietudes en nuestra oración, muchas intenciones y súplicas. Pero a medida que éstas no son egoístas, y nuestra oración viene del deseo de estar en presencia de Dios, Él nos tocará el corazón, nos sanará, y nos dará una misión que no había estado en nuestros planes. Pero descubriremos que, a lo largo de toda nuestra vida, Dios ya nos había preparado para ella.
Los que practicamos la oración centrante, tenemos una experiencia de esto. Simplemente nos hacemos presentes a la presencia de Dios, consentimos a su presencia en nosotros. Habría tanto que hacer en este mundo que nos rodea. Pero lo mejor no es siempre lo que queremos hacer nosotros. Los planes de Dios son más sabios. Al trabajar según nuestros planes podemos encontrar obstáculos insuperables. Pero si estamos motivados por un amor auténtico, Dios nos saldrá al encuentro, removerá los obstáculos, y nos dará la misión que nos tenía destinado desde toda una eternidad. Nuestra presencia silenciosa ante Dios no es una presencia inactiva. Como fruto de estos encuentros tendremos mucho que hacer. Pero será la obra de Dios, donde Él manifestará su fuerza en nuestra debilidad.
Todos necesitamos una buena dosis de la actitud de estas mujeres que seguían amando con su presencia silenciosa, impotente, aparentemente inactiva. Porque sólo cuando asumimos nuestro vacío, Dios nos llena con sus dones.

sábado, 24 de diciembre de 2016

Hoy les ha nacido un Salvador


P. Marco A. González OSB
Abadía de San José
Pesebre de 2004
Ciertamente fue algo extraordinario que interrumpió la rutina de la vigilancia de los rebaños en Belén. A estos pastores les llegó una Buena Noticia: hoy les ha nacido en la Ciudad de David el Salvador, el Mesías y Señor (Lucas 2,11). Por fin ha llegado el tan esperado. Este pueblo sometido, y más aun los pobres de este pueblo, estaban esperando la salvación: el Ungido, el Mesías, el descendiente de David que iba a restaurar el reino de Israel. Por no hablar del "Señor": esta palabra tenía mucho más contenido de lo que tiene para nosotros hoy en día. Como los judíos, por respeto, no pronunciaban el nombre de Dios, YHWH, siempre cuando leían la escritura pronunciaban estas letras como "Señor". El Señor es el mismo Dios. Éste es el que ha nacido. Esto sí es una noticia para la alegría de todo el mundo.
Y el ángel les da la señal de cómo encontrar al Salvador: encontrarán un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre (Lucas 2,12).

¿CÓMO?

¡Nada de bombos y platillos! Niño, pañales y pesebre. No podía ser más pobre y sobrio. Veamos los tres elementos de esta señal: Encontrarán un niño: bien. Se puede aceptar. Los más poderosos nacen como niños. También hay poderosos que nacieron de familias humildes.
Envuelto en pañales: Normalmente no se habla de la ropa del niño cuando se anuncia su nacimiento. Se supone que esté vestido para que no tenga frío y para que se vea bello. Pero aquí no se habla de la ropita linda, sino de pañales, algo que recoge los deshechos humanos, que hay que cambiar y lavar cada rato. Denota una dependencia total de los cuidados de otro ser, de la madre. Realmente, el salvador se hizo uno de nosotros. No hay una manera más radical de hablar del alcance de lo que es la encarnación. Y de quién es Dios en realidad.
Acostado en un pesebre: el lugar de alimento para animales. Nos da a entender la extrema precariedad y debilidad de la presencia del salvador entre nosotros.
Al final de la vida de Jesús, cuando ya estaba crucificado, vemos las expectativas erróneas que la gente tenía del salvador - y que todos tenemos hasta hoy. Queremos salvarnos de incomodidades, enfermedad, opresión y muerte: El pueblo estaba mirando y los jefes se burlaban de él diciendo: Ha salvado a otros, que se salve a sí mismo, si es el Mesías, el predilecto de Dios. También los soldados se burlaban de él. Se acercaban a ofrecerle vinagre y le decían: Si eres el rey de los judíos, sálvate. Encima de él había una inscripción que decía: Éste es el rey de los judíos. Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo: ¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti y a nosotros. (Lucas 23,35-39).
Pero acerca del significado de lo que es la salvación que trajo Jesús hay una precisión muy importante que da el ángel a José cuando se le aparece en el sueño. Le dice: (María) dará a luz un hijo, a quien llamarás Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados (Mateo 1,21). Jesús salva, pero de los ¡pecados! Nuestra tragedia más grande no es la enfermedad y ni siquiera la muerte, sino el pecado que nos separa de Dios. Mientras estamos separados de Dios, nos caen todas las demás desgracias. Porque mientras no sabemos o aceptamos que estamos en las manos de Dios, nos vemos obligados a valernos por nosotros mismos, lo que nos lleva a imponer la ley del más fuerte. Nos domina el miedo. La carta a los Hebreos habla de los que, por miedo a la muerte, pasan toda la vida como esclavos (Hebreos 2,15). Y no es sólo el sometido el que tiene miedo; también el poderoso lo tiene. Por eso necesita armarse y rodearse de guardaespaldas. Al librarnos Jesús de los pecados, todo lo demás se vuelve superfluo porque nos sabemos amados por Dios y protegidos en sus manos.
No es fácil aceptar este niño como salvador. Porque implica aceptar la sencillez y pobreza de él, su condición precaria, su humildad. Significa aceptar este poco de pobreza como nuestro Dios. Esto no es fruto del pensamiento humano. Dios mismo, a través de su ángel tuvo que revelarlo.
En este sentido deseo a todos mis lectores de este blog una Feliz Navidad. Y que la salvación que nos trajo Jesús se haga siempre más realidad en cada uno durante el Año Nuevo de 2017. Dios los bendiga.

jueves, 22 de diciembre de 2016

Consentimos a la acción de Dios en nosotros


No sé si alguna vez nos damos cuenta del alcance del misterio de la encarnación. Mientras la vemos como un asunto "allá fuera, en aquel entonces", que tiene que ver sólo con Jesús de Nazaret, no nos apropiamos de lleno sus frutos. El místico Angelus Silesius (1624-1677) dijo en una ocasión: Aunque Cristo haya nacido mil veces en Belén, si no nace en tu corazón, habrá nacido en vano. Son palabras que nos cuestionan y comprometen. Nuestro cuerpo, el cuerpo de cada uno, es templo del Espíritu Santo, y sacramento de la presencia y acción de Dios.
Jesús se le aparece a Pablo en el camino a Damasco y le pregunta: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Contestó: ¿Quién eres, Señor? Le dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues (Hechos 9,4-5). Igual de contundente es el veredicto del Juez al final de los tiempos: Les aseguro que lo que (no) hayan hecho a uno solo de éstos, mis hermanos menores, (no) me lo hicieron a mí. (Mateo 25,40.45). Estamos llamados a ser presencia de Dios. Depende de nosotros si la aceptamos y la vemos también en los demás.
Por eso, es una presencia extremadamente precaria. Dice Jesús a Santa Catalina de Siena: El hombre ignorante convierte en muerte lo que yo le doy para que tenga vida, y de este modo se vuelve en extremo cruel para consigo mismo1. Etty Hillesum no quiere hacer daño a nadie. Por eso escoge el camino del amor. Escribe en su diario bajo la fecha del 15 de septiembre de 1942: Amo tanto al prójimo, porque amo en cada persona un poco de ti, Dios. Te busco por todas partes en los seres humanos, y a menudo encuentro un trozo de ti. Intento desenterrarte de los corazones de los demás.
Cuando a mediados de 1942 se cierne sobre los judíos la "solución final" del exterminio, ella hace esta profunda reflexión: Una cosa es para mí cada vez más evidente: que tú no puedes ayudarnos, que debemos ayudarte a ti, y así nos ayudaremos a nosotros mismos. Es lo único que tiene importancia en estos tiempos, Dios: salvar un fragmento de ti en nosotros. Tal vez así podamos hacer algo por resucitarte en los corazones desolados de la gente. Sí, mi Señor, parece ser que tú tampoco puedes cambiar mucho las circunstancias; al fin y al cabo, pertenecen a esta vida... Y con cada latido de mi corazón tengo más claro que tú no nos puedes ayudar, sino que debemos ayudarte nosotros a ti y que tenemos que defender hasta el final el lugar que ocupas en nuestro interior... Mantendré en un futuro próximo muchísimas más conversaciones contigo y de esta manera impediré que huyas de mí. Tú también vivirás pobres tiempos en mí, Señor, en los que no estarás alimentado por mi confianza. Pero, créeme, seguiré trabajando por ti y te seré fiel y no te echaré de mi interior2. Paul Claudel lo resume así: No hay cosa más débil e indefensa que Dios, ya que no puede hacer nada sin nosotros3. Todo lo que hacemos obstaculiza o facilita la acción de Dios.
La presencia de Dios en nosotros es una presencia activa. Su acción no nos hace inactivos; al contrario, Él actúa en y a través de nosotros. De esta manera, la encarnación del Hijo de Dios es el punto de partida de la "cristificación" del hombre y del universo entero. Como nuestro ego interfiere constantemente en este proceso y lo entorpece, éste no puede ser sino doloroso; nos exige mucha paciencia. Como dice San Pablo: Hijitos míos, por quienes estoy sufriendo nuevamente los dolores del parto, hasta que Cristo sea formado en ustedes (Gálatas 4,19). Pero, a la vez, nos da este consuelo: Estimo que los sufrimientos del tiempo presente no se pueden comparar con la gloria que se ha de revelar en nosotros... Sabemos que hasta ahora la humanidad entera está gimiendo con dolores de parto. Y no sólo ella; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, gemimos por dentro esperando la condición de hijos adoptivos, el rescate de nuestro cuerpo (Romanos 8,18-23).
No es necesario inventarnos la presencia de Dios; ¡Él está presente! Nuestra tarea es la de desenterrar esta presencia de debajo de un montón de escombros de nuestro ego. Eso es lo que hacemos en la oración centrante; cada vez que regresamos a nuestra palabra sagrada, nuestra búsqueda amorosa da vueltas como un tornillo, para entrar siempre más profundamente en nuestro interior, hasta encontrar a Dios. Fortalecemos una relación de amor con nuestro Dios que, con el tiempo, nos transforma desde dentro.
Unos aspectos importantes de esta presencia amorosa de Dios son el perdón y la misericordia. El ángel dice a José en sueños: (María) dará a luz un hijo, a quien llamarás Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados. (Mateo 1,21). Tanto en la anunciación a José como en la predicación de los apóstoles, el tema del perdón fue de suma importancia; porque mediante el perdón se supera la brecha que dejó nuestra condición humana entre Dios y nosotros. A medida que comenzamos a actuar, no desde nuestro ego, sino desde el amor, el perdón que tanto nos cuesta, con el tiempo se hará más fácil.
El "desenterrar" a Dios en nosotros es también importante en el acompañamiento espiritual. Se trata de ayudar al otro a encontrarse con Dios en su interior. Si lo hacemos bien, se evitan las dependencias, y la gente poco a poco aprende a caminar sola porque está en contacto con la fuente de agua viva que brota en su interior. Cuando buscamos la voluntad de Dios, ya no buscaremos instrucciones concretas u órdenes para cada caso. Desde nuestra consciencia transformada en la de Cristo actuaremos espontáneamente según su Espíritu. El amor impregnará nuestras acciones, y buscaremos la inclusión y la unidad de todos.
1 Sta. Catalina de Siena, Diálogos de la Divina Providencia
2 P. Paul Lebeau, Das suchende Herz. Der innere Weg von Etty Hillesum (El corazón que busca. El camino interior de Etty Hillesum), pg. 164 y 172, 12 de julio de 1942.
3 Paul Claudel, L'otage (El Rehén), citado en P. Paul Lebeau, Das suchende Herz. Der innere Weg von Etty Hillesum (El corazón que busca. El camino interior de Etty Hillesum), pg. 173

lunes, 19 de diciembre de 2016

Consentimos a la presencia de Dios en nosotros


La encarnación del Hijo de Dios es el punto final de un largo proceso en que Dios se venía revelando durante siglos enteros.
En el pasado muchas veces y de muchas formas habló Dios a nuestros padres por medio de los profetas. En esta etapa final nos ha hablado por medio de su Hijo, a quien nombró heredero de todo, y por quien creó el universo. Él es reflejo de su gloria, la imagen misma de lo que Dios es, y mantiene el universo con su Palabra poderosa. Él es el que purificó al mundo de sus pecados, y tomó asiento en el cielo a la derecha del trono de Dios (Hebreos 1,1-3).
Los Judíos no tenían imágenes de Dios, pero creían tener una idea muy clara de cómo era Él, de cómo debía ser el Mesías. Como respuesta a este error, el evangelio de Juan pone en el primer capítulo esta frase lapidar: Nadie ha visto jamás a Dios; el Hijo único, Dios, que estaba al lado del Padre, Él nos lo dio a conocer (Juan 1,18). Es como si dijera, "¡déjense de fantasías! ¡no se pongan a inventar!" Nadie puede imaginarse cómo es Dios. Incluso la religión del antiguo testamento llegó solamente hasta cierto punto. Pero de allí en adelante, Dios mismo tuvo que intervenir. Por eso, el nacimiento de una virgen: por una parte hay continuidad en el desarrollo de la revelación. Por otra parte hay una discontinuidad, algo completamente novedoso, inaudito.
Jacob engendró a José, esposo de María, de la que nació Jesús, llamado el Mesías. (De este modo, todas las generaciones de Abrahán a David son catorce; de David hasta el destierro a Babilonia, catorce; del destierro de Babilonia hasta el Mesías, catorce.) El nacimiento de Jesucristo sucedió así: su madre, María, estaba comprometida con José, y antes del matrimonio, quedó embarazada por obra del Espíritu Santo (Mateo 1,16-18).
Por eso, en la plenitud de los tiempos, Dios envió a su Hijo. La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros (Juan 1,14). O, como diría San Pablo: Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango, y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos (Filipenses 2,6-7). Jesús, al entrar en este mundo, trastorna todo lo que la humanidad pueda pensar y decir sobre Dios. Todos estos intentos no son más que proyecciones de nuestros deseos y miedos que, al fin y al cabo, provienen de nuestro ego, nuestro falso yo.
A medida que (el hombre) se hace cristiano, se encuentra con la paradoja de la revelación en la persona de Cristo. En Cristo Dios revela su "gloria" (Juan 1,14)... la gloria del amor... Porque Dios no sólo es amor; Él es nada más que amor1.
Con la encarnación, Dios nos revela dos cosas íntimamente relacionadas: En primer término, se revela a sí mismo, nos dice quién es Él realmente: un misterio insondable, pero que se relaciona con el hombre. Se llamará Emanuel, que significa: Dios con nosotros (Mateo 1,23). Y es más: es precisamente al entrar en relación con Dios cuando nos damos cuenta de quién es Él. El hablar de Dios en conceptos nos divide porque muchos tenemos conceptos e ideas distintas y, como dije, proyecciones de nuestra mente contaminada por el pecado. Y podemos llegar, como última consecuencia, a la constatación de Richard Lowell Rubinstein, cuando había terminado la guerra, y se conoció la magnitud del extermino de los judíos: Después de Auschwitz, ya no hay Dios2. Por eso, la única manera válida de hablar de Dios, es hablando de nuestra experiencia, tal y como la podemos tener en nuestro trato con Jesús.
El mismo Señor tuvo la experiencia de Dios como Padre, como alguien totalmente digno de confianza. Lamentablemente, muchas veces nos olvidamos del aspecto materno de Dios, porque, por tantas ideas nuestras sobre Él, lo hemos puesto muy lejos, "allá en el cielo". Nos hemos olvidado de su presencia en y entre nosotros, una presencia que, igualmente, nos inspira una confianza íntima. El hecho de que Jesús llamara a Dios "Padre", no tiene nada que ver con una mentalidad patriarcal. A mi manera de ver, llamar a Dios "Madre" refleja nuestra experiencia de la presencia protectora de Él, como dice el salmo: En el asilo de tu presencia nos escondes (Sal 30,21), mientras que, cuando lo llamamos Padre, nos referimos a esta experiencia donde se nos pide salir de nuestras limitaciones y nuestra área protegida, cuando se nos exige más de lo que creemos poder dar. Además, estas discusiones sobre el género son un asunto de nuestros idiomas europeos, donde los sustantivos tienen género masculino o femenino. En otros idiomas, los sustantivos no tienen género. Y en hebreo, "ruaj", el Espíritu Santo, es femenino, es esta presencia de Dios que nos acompaña siempre.
En segundo término, la encarnación nos revela nuestra verdadera esencia humana, tal como Dios nos había pensado desde el principio: "El ángel fue enviado a María en el sexto mes". Según el simbolismo del número 6, fue el sexto día cuando Dios creó al hombre. Ahora, con Jesús, se crea al hombre cabal, la imagen perfecta de Dios. El "sexto día", según Juan, Jesús muere en la cruz, diciendo que todo se ha cumplido (Juan 19,30), la creación del hombre está terminada. Hablamos de nada menos que la divinización del hombre - que no tiene nada que ver con esta creencia moderna de que seremos dioses. Acuérdate de esta distinción entre él y tú: él es tu ser, pero tú no eres el suyo. Cierto que todo existe en él como en su fuente y fundamento del ser, y que él existe en todas las cosas, como su causa y su ser. Pero queda una distinción radical: él solo es su propia causa y su propio ser3. Llegaremos a esta transformación cuando consintamos no sólo a su presencia, sino también a su acción en nosotros.
Dios se manifiesta en lo que hace. Su plan para el hombre que realiza en Cristo manifiesta su esencia más íntima. Si la encarnación es una acción humilde, significa que Dios mismo es humilde... Dios respeta absolutamente la libertad del hombre. Lo creó no para petrificarlo o violentarlo. Por eso nunca grita ni se impone... Se mantiene escondido para no ser irresistible... Su invisibilidad viene del pudor... La voz de Dios casi no se distingue de un silencio4. La presencia de Dios es extremadamente precaria. Pensemos en la concepción virginal: José no logró explicarse eso, y por poco abandona a María. Los peligros de un embarazo y parto; la mortalidad infantil; la persecución de Herodes, y un largo etcétera...
El 25 de agosto de 1941 Etty Hillesum escribe en su diario: Dentro de mí hay un pozo muy profundo. Y ahí dentro está Dios. A veces me es accesible. Pero a menudo hay piedras y escombros taponando ese pozo y entonces Dios está enterrado. Hay que desenterrarlo de nuevo. Y el 18 de mayo de 1942 reflexiona: Las amenazas desde fuera, siempre más grandes; el terror aumenta diariamente. Me rodeo de la oración como de un muro protector, me retiro a la oración como a la celda de un monasterio; y después vuelvo a salir afuera más concentrada, más fuerte, más decidida.
Frecuentemente falta alguien que nos acompañe y oriente en nuestro camino espiritual; entonces es muy importante descubrir este pozo y alimentarse de él.
Nuestro cuerpo, el cuerpo de cada uno,
es templo del Espíritu Santo,
y sacramento de la presencia de Dios.

1 P. François Varillon, L'humilité de Dieu (La Humildad de Dios), citado en P. Paul Lebeau, Das suchende Herz. Der innere Weg von Etty Hillesum (El corazón que busca. El camino interior de Etty Hillesum), p. 168
2 ib. pg. 287
3 Anónimo inglés del siglo XIV, El libro de la Orientación Particular, 1
4 P. François Varillon, L'humilité de Dieu (La Humildad de Dios), citado en P. Paul Lebeau, p. 169

jueves, 15 de diciembre de 2016

Hagan lo que Él les diga



Todos estamos invitados a manifestar a Dios en el mundo, en medio de nosotros. María nos señaló el camino de cómo poner de nuestra parte para que se cumpla esto. No digamos nunca “María es tan santa, ¿pero yo? Yo no puedo llegar a esas alturas”. Ella es ejemplo y prueba de lo que Dios puede hacer si, como ella, lo dejamos actuar en nosotros. Quisiera resumir su ejemplo en unos pocos puntos claves que están al alcance de todos nosotros:
¡Cuántas veces decimos en el Padre Nuestro "Hágase tu voluntad"! Pero, por los frutos que se perciben, parece que estas palabras no vienen de lo profundo de nuestro corazón. Como vemos, el culto a María, por sí solo, no da mucho fruto. Ella nos invita a seguir su ejemplo de humildad frente a Dios. Ella se vació de sí misma para poder ser llenada de Dios. Y no digamos que ella es solamente un ejemplo para las mujeres. Lo es igualmente para los hombres. También el hombre Jesús "se vació de sí y tomó la condición de esclavo, haciéndose semejante a los hombres. Y mostrándose en figura humana se humilló, se hizo obediente hasta la muerte, y una muerte en cruz. Por eso Dios lo exaltó" (Filipenses 2,7-9). Si seguimos este ejemplo, Dios hará obras grandes en nosotros. Consentir a la acción de Dios en nosotros no significa que nos quedemos de brazos caídos porque Dios hace todo. Al contrario, nos queda bastante por hacer, pero no precisamente lo que nos parece.
He llegado a la conclusión de que nuestra vida de oración, tarde o temprano, tiene que desembocar en las palabras del Padre Nuestro "Hágase tu voluntad". Esto nos une a Dios y le permite manifestarse en nosotros. Lo practicamos en la oración centrante, consintiendo a su acción en nosotros. Por eso, la considero una oración muy mariana. Y es la oración de Jesús en Getsemaní, que le costó sudar sangre. Pero éste es nuestro camino.
María reconoce que en adelante me felicitarán todas las generaciones. Pero no porque ella haya hecho algo espectacular, sino porque el Poderoso ha hecho grandes cosas por mí; su nombre es santo (Lucas 1,48-49). Es verdad, llamamos a María "Reina". Pero lamentablemente asociamos con esta palabra casi siempre el poder humano, los contactos, las ayudas, la dependencia. Sin embargo, como el Reino de Cristo, el reinado de María "no es de este mundo". Ella es Reina porque se hizo esclava de Dios. El que reina es Dios. María, por su humildad, facilita este Reino. La gloria es de Dios; de María es la felicidad por haber sido instrumento de la manifestación de la gloria de Dios. Si realmente dejamos que Dios actúe en nosotros, sabremos que no somos nada. Y que toda la gloria es de Él. Porque hemos experimentado lo que Dios es capaz de hacer en nosotros, nos brotará del corazón cuando rezamos en el prefacio de la misa "Es justo y necesario, es nuestro deber y salvación darte gracias siempre y en todo lugar". Nuestra vida será alabanza y gratitud.
En las bodas de Caná María invita a los sirvientes a que hagan lo que Él les diga (Juan 2,5). Ella es como los avisos de carretera que nos indican la dirección a nuestro destino. Estos avisos no están en la carretera sino al lado de ella, para no obstaculizar el libre tránsito. Así, María no atrae hacia sí, sino que nos remite, nos "reenvía" a Jesús. Nuestro destino no es ella, sino Jesús. De igual manera, no es nuestra tarea atraer a la gente hacia nosotros. Porque solos no tenemos nada; somos pobres esclavos del Señor. Estamos llamados a indicarles a los demás el camino hacia el Señor, sin obstaculizarles el paso.
Todos ellos, con algunas mujeres, la madre de Jesús y sus parientes, permanecían íntimamente unidos en la oración (Hechos 1,14). Son los días entre la ascensión de Jesús al cielo y la venida del Espíritu Santo. Mientras en la primera obra de Lucas, en su Evangelio, se habla extensamente de María como instrumento del nacimiento de Jesús, Hijo de Dios, ahora, cuando nace la Iglesia, presencia de Cristo en la historia, se la menciona, casi de paso, como una más entre muchos otros. Es la última consecuencia de su servicio: Se trata de saber cuándo se ha cumplido una misión para dar paso a los que vienen, y que tienen tareas nuevas. Saber "dejar ir", porque todo está en las manos del Señor. Nosotros somos un pequeño eslabón en sus planes.

lunes, 12 de diciembre de 2016

Dichosa tú que has creído


Dice el texto de la anunciación que el ángel entró donde estaba ella (Lucas 1,28). Dios toma la iniciativa. Eso nos recuerda lo que diría San Juan más tarde: Por eso existe el amor: no porque amáramos nosotros a Dios, sino porque él nos amó a nosotros (1Juan 4,10). Entra en nuestra vida, allí donde estamos. Para Dios no hay límites; Él escoge a su gente en el momento y en la situación en que Él quiere, incluso en el pecado, como en el caso de Pablo cerca de Damasco. Entra en nuestra vida diaria, en nuestros escondites y por las puertas cerradas. Eso garantiza nuestra humildad, porque no podremos decir que haya habido méritos de nuestra parte.
María se turbó al oír estas palabras, preguntándose qué saludo era aquel (Lucas 1,29). El ángel le da la respuesta: ¡No temas! Al Maligno no le interesa que estemos tranquilos y en paz. Le interesa nuestra confusión (de ahí el nombre de “diablo”, es decir “el que confunde”) y nuestra desorientación, para poder “pescar en río revuelto”, y “vendernos gato por liebre”. Así comenzó ya en el paraíso. Y siempre es el hombre quien pierde.
A Dios no le interesa nuestra confusión ni nuestro miedo. Él nos da tranquilidad; así nos inspira confianza. Una vez establecida esta relación de confianza con María, le dice lo que será su misión: algo inaudito que cuesta creerlo y, más todavía, aceptarlo. Pero, sabiéndose en la presencia y en el amor de este Dios que le inspira confianza, es posible caminar con Él todo el trayecto, hasta el final.
Recordemos que también en este detalle María es el modelo de nosotros, los creyentes, y nos da unas orientaciones importantes para nuestro discernimiento: Siempre, cuando hay gente o situaciones que nos asustan, que nos confunden e inspiran miedo - y mantienen este miedo con amenazas - no se trata de (la presencia de) Dios, ni de alguien interesado en nuestro bien. Eso pasa con frecuencia en la política donde, hoy en día, muchas veces no se nos presenta un candidato, sino que se nos “vende” la imagen de un candidato. Pasa en la vida económica, donde se desinforma de tal manera que se venden productos de por sí inútiles y hasta dañinos.
La confianza en Dios es una relación personal que busca una y otra vez entender. María respondió al ángel: "¿Cómo sucederá eso si no convivo con un hombre?" El ángel le respondió: "El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, el consagrado que nazca llevará el título de Hijo de Dios. Mira, también tu pariente Isabel ha concebido en su vejez, y la que se consideraba estéril está ya de seis meses. Pues nada es imposible para Dios" (Lucas 1,34-37). El Evangelio hace énfasis en que María era virgen, y que no conocía varón. ¡Una situación imposible para tener un hijo! Pero Dios es especialista en cosas imposibles. Basta con que aceptemos nuestra pobreza; Él hará el resto.
Qué habrá pasado en la mente y en el corazón de María! ¿Tener un hijo sin tener relaciones con un hombre? ¿No será que se está engañando a sí misma? ¿Será que se está imaginando cosas? Seamos honestos: también nosotros, hasta el día de hoy, tenemos dificultades con el nacimiento de una virgen. Incluso admitiendo esta posibilidad, nos quedaríamos con un problema de índole científica: en una concepción, la mujer transmite los cromosomas xx, mientras que, para el nacimiento de un hijo varón, el hombre contribuye con los de xy. Éstos siempre son transmitidos por el padre. Ahora bien, si este padre no está - como el evangelio de Mateo (Mateo 1,18) deja bien claro - ¿de dónde viene entonces un hijo varón?
Pero, María no tenía estos problemas científicos. Tampoco son de importancia para nosotros. Aquí se trata de mucho más que la ciencia. Se trata de la pregunta de si Dios es capaz de hacer semejante cosa. Con eso llegamos a un punto donde nos vemos obligados a preguntarnos en qué Dios creemos realmente. ¿En un Dios que, en grandes líneas, corresponde a nuestras ideas y expectativas? ¿Uno que, si es necesario, puede ayudarnos cuando a nosotros nos faltan las fuerzas? O ¿creemos en un Dios que es totalmente diferente, uno que comienza a actuar precisamente cuando estamos convencidos de que ya no hay nada que hacer? ¿Buscamos solamente a un dios según nuestra imagen y semejanza? ¿O dejamos que el Dios verdadero nos forme - y transforme - según SU imagen y semejanza?
Por lo tanto, el nacimiento de una virgen no es un problema científico, sino que cuestiona nuestra fe. ¿Queremos mantener el control sobre nuestra vida y nuestros deseos, o estamos dispuestos a confiar plenamente en Él? ¿Consentimos a su acción en nuestra vida, aunque no sepamos cómo será eso?
El nacimiento de una virgen tiene un significado más amplio todavía: hay por ahí una corriente que nos quiere decir que Jesús, de joven, se fue a la India, donde recibió la iluminación. Después regresó a su país y comenzó a predicar. Pero nuestra Salvación no viene de la India; como dice Jesús a la Samaritana: Ustedes dan culto a lo que no conocen, nosotros damos culto a lo que conocemos; porque la salvación procede de los judíos (Juan 4,22). Jesús proviene del seno del pueblo de Israel, y se formó en la revelación de Dios a lo largo del antiguo testamento. La genealogía de Jesús (Mateo 1,1-17) no puede hablar más claro. Habla, por una parte, del esfuerzo humano por hacer llegar al Mesías pero, por otra parte, nos dice que este Mesías viene como puro don de Dios, y de la manera más inesperada. Jesús nace del pueblo de Israel, pero ningún hombre puede decir que es su padre. Y como María simboliza a Israel, así José simboliza a los justos de Israel que acogen a Jesús - que es uno de ellos, pero no un logro de ninguno de ellos, sino un don de Dios. Nadie hubiera sido capaz de imaginarse a un hombre como lo fue Jesús.

jueves, 8 de diciembre de 2016

Él debe crecer y yo disminuir


Condominio Sacro, Detalle
Otra faceta de la figura de Juan Bautista en adviento no es tanto su predicación, sino su ejemplo. A lo largo de la historia, hasta nuestros días, se observa que no sólo el clero, sino todos los agentes pastorales - como se llaman hoy - muchas veces no son tan servidores, sino que se sirven de la iglesia para sus propios fines. En vez de permitir y fomentar la llegada del Señor a los corazones, se adueñan de estos corazones y los desvían. Quizá nos vemos reflejados en los hijos de Zebedeo: Concédenos sentarnos en tu gloria uno a tu derecha y otro a tu izquierda (Marcos 10,37). Lo que interesa no es nuestra misión para el bien de los demás, sino nuestra gloria, nuestra fama. Vemos nuestro trabajo no tanto como una vocación, sino como una ocupación para justificar nuestros ingresos, nuestra posición y nuestra área de influencia. Y podemos llegar hasta el extremo de dejar a Dios en la sombra para ponernos a nosotros mismos en el centro de atención. Jesús lo deja bien claro cuando les contesta a Santiago y Juan que no saben lo que piden (Marcos 10,38). A la gloria se llega a través del sufrimiento, de la entrega, del anonadamiento.
Juan da el ejemplo. Le dijeron: Maestro, el que estaba contigo en la otra orilla del Jordán, del que diste testimonio, está bautizando, y todo el mundo acude a él. Respondió Juan: No puede un hombre recibir nada si no se lo concede del cielo. Ustedes son testigos de que dije: Yo no soy el Mesías, sino que me han enviado por delante de él. Quien se lleva a la novia es el novio. El amigo del novio que está escuchando se alegra de oír la voz del novio. Por eso mi gozo es perfecto. Él debe crecer y yo disminuir (Juan 3,26-30).
"¡Maestro, haz algo! ¡Se te va la clientela!" De nuevo vemos el dedo de Juan apuntando a Jesús. Es la única vez cuando nos está permitido e incluso mandado señalar a otro: cuando se trata de la meta de nuestro camino espiritual, Jesús, el Hijo de Dios. Él es el camino, la verdad y la vida (Juan 14,6). No nos conviene interponernos obstaculizando el acceso a Jesús.
Los discípulos de Juan simplemente estaban preocupados por su maestro. Era gente religiosa que tenía que crecer. Pero más tarde vemos otras motivaciones que tienen que ver con la envidia o con el miedo de perder posiciones, privilegios y poder. Es especialmente la clase religiosa dirigente que recurre a toda clase de argumentos para reducir y neutralizar la influencia de Jesús. Recurren a descalificaciones y calumnias. Vino el Hijo del Hombre, que come y bebe, y dicen: miren qué comilón y bebedor, amigo de recaudadores de impuestos y pecadores (Lucas 7,34).
Como las descalificaciones no dieron resultado, recurrieron a la medida extrema, la eliminación física. Los sumos sacerdotes y los fariseos reunieron entonces el Consejo y dijeron: ¿Qué hacemos? Este hombre está haciendo muchos milagros. Si lo dejamos seguir así, todos creerán en él, entonces vendrán los romanos y nos destruirán el santuario y la nación... A partir de aquel día, resolvieron darle muerte (Juan 11,47-48.53). Se mostraron preocupados por el "Lugar Santo y la Nación". Lo que no admitían en su consciencia, pero Jesús mostró al limpiar el templo, fue que este lugar santo era una buena fuente de ingresos y un gran negocio, una cueva de ladrones (Marcos 11,17). Se les iba la clientela y los ingresos.
Por supuesto, eso no lo iban a reconocer. El sumo sacerdote y el Consejo en pleno buscaban un testimonio contra Jesús que permitiera condenarlo a muerte, y no lo encontraban... De nuevo le preguntó el sumo sacerdote: ¿Eres tú el Mesías, el Hijo del Bendito? Jesús respondió: Yo soy... El sumo sacerdote, rasgándose sus vestiduras, dijo: ¿Qué falta nos hacen los testigos? Ustedes mismos han oído la blasfemia. ¿Qué les parece? Todos sentenciaron que era reo de muerte (Marcos 14,55.61-64). La envidia lleva a prejuicios y ciega. No son capaces de percibir la verdad. No puede ser verdad lo que no debe ser verdad. Es esta ceguera obstinada que Jesús llama en una ocasión el "pecado contra el Espíritu Santo", el único pecado que no tiene perdón. No porque Dios no quiera perdonar - Jesús les perdonó a todos desde la cruz - sino porque en su obstinación se han blindado contra el amor de Dios.
Son éstas unas tendencias, desde las más inocentes hasta las más egoístas, que pueden dificultar e impedir el verdadero conocimiento de Jesús, hasta obstaculizar la relación con Él. Adviento es un buen tiempo para revisar las motivaciones inconscientes en nuestra relación con Dios. Recordemos que en la oración centrante renovamos una y otra vez nuestra intención de consentir a la presencia y acción de Dios en nosotros. Es una y otra vez que estamos invitados a practicar lo que dice Juan Bautista: "yo tengo que disminuir; ÉL TIENE QUE CRECER".